miercoles cenizHoy es miércoles de ceniza. Comienza la Cuaresma. He comenzado la jornada al levantarme leyendo el Salmo 51 que es una bellísima oración penitencial y te orienta de una manera preciosa hacia la luz de la Pascua. Un salmo que te llena y te reconforta: «¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado!… Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu». Este salmo te recuerda que el objetivo de la Cuaresma es redescubrir la alegría, la alegría de sentirse salvado, sanado y perdonado.

La vida transcurre a tal velocidad que uno llega a la víspera de la Pascua sin ser consciente de que se adentra en la Cuaresma. Se nos presenta una interminable lista de pretextos que nos llevan a posponer las buenas resoluciones para el día siguiente. Pero entonces surgen otros pretextos para alentarnos a posponer nuestra entrada en la Cuaresma. Así que este miércoles de ceniza es el que te lanza a ponerte en marcha sin demoras y sin esperar las condiciones favorables ilusorias para vivir plenamente la Cuaresma en el aquí y en el ahora. Es el día para presentarse ante al Señor y preguntarle con el corazón abierto: «¿Qué esperas de mí, Señor? ¿Qué quieres que haga durante estos cuarenta días que me preparas para Tu Pascua? ¿Cómo quieres que afronte este tiempo? Como conoces perfectamente mis muchas debilidades, cuento contigo para que me ayudes a descubrirlo».

Y si desconozco cómo hacerlo le puedo confiar al Señor mi deseo de vivir la Cuaresma de manera intensa. Pedírselo hasta cien veces al día si es necesario para rogarle poder entrar de su mano y con la fuerza del Espíritu para hacer camino en su compañía. ¿Alguien duda de que dejará este ruego sin respuesta?

La Cuaresma no es un castigo sino uno de los grandes regalos de la vida cristiana. La razón de la Cuaresma no es el pecado y la realidad de nuestras faltas, sino el amor: el amor desbordante de Dios, la locura del Dios que ama y que busca por todos los medios hacernos dóciles para que aceptemos la felicidad con la que Él quiere llenar nuestro corazón y nuestra vida.

La Cuaresma hay que vivirla como un proceso comunitario y personal al mismo tiempo. Uno no es cristiano en su individualidad, lo es para vivir con y para el prójimo: por lo tanto, no vivimos la Cuaresma el uno para el otro, sino unidos entre sí por la Comunión de los Santos. Y esto es particularmente cierto en las pequeñas iglesias domésticas que son las familias.

Lo bello de la Cuaresma es que Dios tiene una historia de amor absolutamente personal para vivir con cada uno de nosotros: la Cuaresma es, por lo tanto, también un proceso profundamente personal, para disfrutarla en la soledad y el silencio del corazón. Un viaje íntimo en compañía de Dios.

En este viaje de cuarenta días Dios desea apoderarse de nuestra vida, que nos llenemos de Él para ver nuestro interior, para dar respuesta a nuestros deseos secretos, a nuestros anhelos de transformación, a nuestra necesidad de cambiar. Es Él quien los causa, y es Él quien luego responde.

En el umbral de esta Cuaresma que hoy comienza, le pido al Señor que haga en mi todo lo que precise para encontrar la alegría de la Pascua en mi corazón.

¡Señor, hoy comienzan cuarenta días de peregrinación dedicados a la reflexión interior, a la oración y al ayuno! ¡Ayúdame a vivirlos muy unido a ti como preparación para la Pascua! ¡Señor, tu eres el camino, la verdad y la vida, por esto quiero darte gloria en este día porque en ti está la salvación! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, concédeme la gracia de vivir este tiempo con generosidad, con apertura de corazón, con ayunos fervorosos, con interiorización profunda, con un corazón nuevo que ahonde en tus mismos sentimientos! ¡Tú me invitas a convertirme y creer en el Evangelio, a mirar la realidad de mi interior, a ver y entender cómo puedes cambiar mi vida, a buscar en mi interior lo que es auténtico, a descubrir lo que esperas de mí, a vivir una vida que testimonie que soy cristiano! ¡Tú me invitas, Señor, a convertir mi vida en evangelio! ¡Tú me invistas a abrirme al mundo que me rodea para saborear la grandeza de tu amor y llevarla a los demás! ¡Señor, tu sabes que convertir mi corazón no es algo que pueda hacerlo sin tu ayuda porque mi voluntad es débil y me cuesta cambiar de actitud! ¡Lléname de tu amor para cumplir tu voluntad y desde tu inmenso amor crecer interiormente para que tú moldees aquello que consideres y cambies aquello que deba ser cambiado! ¡Empieza, Señor, por lo pequeño pues son muchas las cosas que debo transformar! ¡Ayúdame a apartar de mi corazón lo que no sirva, a dedicar tiempo a descubrir los ayunos que debo hacer en estos días de Cuaresma, apartando de mi vida lo superficial y que no me llena! ¡Señor, aspiro a la libertad de la santidad y deseo hacer un hueco en mi vida a la verdad del Evangelio porque quiero parecerme a ti en la pequeñez de mi vida!