virgenokQueridos hijos e hijas

Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río. Hoy me dirijo a ustedes, encontrándonos en los días de la novena en honor a la Virgen de la Caridad, para compartir durante unos minutos, sobre este vínculo de amor entre la Madre de Dios y el pueblo cubano.

Puede que muchos se pregunten por qué los cristianos católicos, le damos tanta importancia a la fiesta del 8 de septiembre. La respuesta está en la experiencia de vida.

Todos estamos llamados a la santidad, así nos lo ha pedido Jesús cuando nos invitó a “ser perfectos como perfecto es nuestro Padre celestial”. Algunos cristianos han reflejado con mayor heroísmo y coherencia cómo se puede vivir en perfecta intimidad con la vida de Dios y por eso son reconocidos por la Iglesia como santos. Son personas que, a pesar de sus pecados,  han entregado su vida desde el amor y Dios nos los pone como puntos de referencia. Movidos por la devoción del pueblo hacia ese santo, y a través de solicitud formal al Vaticano, se nombra como patrono de un lugar, una orden religiosa, institutos u obras de la Iglesia. También ocurre a título personal, cuando un hombre o una mujer, recibe el nombre de un santo reconocido por la Iglesia pues desea que su vida se asemeje a la de su patrono.

La Virgen María es el mejor modelo de santidad, pues Ella acogió la voluntad de Dios de manera radical y llevó en su seno a Jesús, el Hijo del Padre.

El pueblo cubano recibió el regalo de que la Virgen María, la Madre de Dios, apareciera en nuestras aguas en 1612. Desde ese entonces el amor del pueblo hacia Ella ha crecido incesantemente.

Fue la devoción de los cubanos, la que movió a los veteranos de la guerra a escribirle al Santo Padre Benedicto XV para solicitarle que nombrara a la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba. Como ellos mismos expresaron: “No pudieron ni los azares de la guerra, ni los trabajos para librar nuestra subsistencia, apagar la fe y el amor que nuestro pueblo católico profesa a esa Virgen venerada; y antes, al contrario, en el fragor de los combates y en las mayores vicisitudes de la vida, cuando más cercana estaba la muerte o más próxima la desesperación, surgió siempre como luz disipadora de todo peligro, o como rocío consolador para nuestras almas, la visión de esa Virgen cubana por excelencia, cubana por el origen de su secular devoción y cubana porque así la amaron nuestras madres inolvidables, así la bendicen nuestras amantes esposas y así la han proclamado nuestros soldados, orando todos ante ella para la consecución de la victoria”. Ante razones tan fuertes, era imposible no acceder, y años más tardes se recibe la respuesta de la Santa Sede confirmando a la Virgen de la Caridad como Patrona de nuestro pueblo.

Cuba está bajo el cuidado de la Madre de Dios, quien es también Madre de todos los cubanos. Por eso junto al hijo enfermo en un hospital, está la Virgen escuchando la oración de quienes le invocan con fe pidiendo que interceda para que el ser querido sane pronto.

Acompaña a los padres que se enfrentan a la ardua labor de educar a sus hijos. Con ellos se preocupa ante un problema, se alegra con los logros profesionales, ilumina los métodos educativos más adecuados y es modelo a seguir ante las pruebas.

María de la Caridad se sienta junto a la anciana que cada tarde toma su rosario para dedicarle un rato de oración por la familia, por los hijos y los nietos, por los enfermos y por sus difuntos.

Camina junto a la mujer y al hombre que se afanan por encontrar el sustento para su familia, en la cola, la bodega, la farmacia, donde sea que ellos vayan.

Espera al lado de la esposa, la llegada del ser amado cuando éste no está cerca del hogar, o cuando al final del día hacen balance juntos de las experiencias vividas en el trabajo, la casa, los muchachos.

Llegada la hora de la muerte, María es la mejor abogada que podemos tener, pues intercede siempre por nuestra salvación.

Todos somos sus hijos, seamos creyentes o no. Ella no hace distinción, y espera con paciencia el momento del encuentro con todos.

Así es nuestra Madre del Amor. A esa Madre le decimos en estos días especiales antes de su fiesta el 8 de septiembre, que le dedicamos una novena para decirle: ¡Muchas gracias por toda su presencia y su desvelo junto a este pueblo! ¡Muchas gracias por interceder constantemente por cada uno de sus hijos, presentándole a Dios la vida personal de cada uno!

En estos días  y siempre le decimos a la Virgen de la Caridad que la queremos mucho, que la sentimos cerca y que nos ayude a ser mejores personas.

Ella que es maestra de humildad, que nos enseñe a ser humildes, a reconocer nuestros errores ante los hermanos y no creernos nunca superiores a los demás.

Que nos ayude a compartir con quienes lo necesitan, a estar atentos como Ella de que el que vive a mi lado o está detrás de mí en una cola, también precisa de lo que yo he adquirido.

Pidamos a la Virgen que nos enseñe a vivir en el amor a Dios con la misma intensidad que Ella lo hizo, para que de esta manera aceptemos siempre su voluntad, seamos capaces de ponernos en camino para servir a los hermanos, eduquemos a nuestros hijos en este amor y pasemos por el mundo haciendo el bien.

Que la Virgen de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.