jueves santoAlocución de Mons. Juan de Dios Hernández, sj. en ocasión del Jueves Santo, transmitida por Radio Guamá

Saludos a todos aquellos, que a través de este medio pueden escucharnos. Les habla, Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta Diócesis de Pinar del Río y pastor de todos.

Queridos hijos e hijas. Hoy la Iglesia celebra el Jueves Santo, el Día del Amor Fraterno. Hace más de 2000 años Jesús se reunió con sus discípulos para celebrar la Cena de Pascua. Era la tradición del pueblo judío porque recordaban así el paso de Dios la noche en que los Israelitas salieron liberados de Egipto para llegar a la Tierra Prometida por Dios.

Hoy es un día grande, no solo por las lecciones que aprendemos de los gestos de Jesús, sino porque en aquella cena quedó instituida la Eucaristía y el sacerdocio cristiano. Hoy nos volvemos a conectar con la línea directa que une a Dios con nuestra Iglesia, en una presencia real e ininterrumpida durante más de dos siglos. “Este es mi Cuerpo… esta es mi Sangre… Hagan esto en conmemoración mía”. Desde ese instante, el mundo entero no ha dejado de reunirse en torno a la Mesa del Señor y cada día, en cualquier rincón de nuestro planeta, unas manos sacerdotales vuelven a traer al Pueblo de Dios, el alimento para la Vida Eterna.

La Última Cena de Jesús con sus apóstoles precedía el día de su entrega en la Cruz. El ambiente era expectante, ya se sabía que habían amenazas en torno a Jesús. Los discípulos estaban perplejos y aturdidos, a la vez que querían asegurarle que ellos estaban allí para protegerlo, pero todas las palabras parecían inútiles.

Comienzan los gestos que van a romper todos los esquemas. Dios se agacha y comienza a enseñar la lección de amor y humildad. “El mayor entre ustedes sea como el menor, y el que manda como el que sirve… Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve” (Lc. 22, 27). Estas palabras recobran vida cuando Jesús comienza a lavar los pies de sus discípulos, tarea propia de los esclavos, pero Él sabe que su señorío se manifiesta sirviendo. Es un Señor que se abaja, que se pone a la altura de los niños, que no tiene empacho en lavar los pies. El camino para llegar al Reino se hace cuesta abajo. No se llega al Reino de Dios escalando, conquistando, sino bajándose, desprendiéndose, poniéndose a los pies de quienes nos necesiten. Jesús se despojó de su manto y se puso el traje de esclavo. Todo el que ama se hace pobre y pequeño. Es el amor con el corazón y con las manos, pero de abajo hacia arriba. Se abaja para elevar al que está humillado.
¡Cuánta amistad en cada toque! Era preciso que todos se dejaran lavar, no tanto para purificarse, sino para sentir la ternura del Maestro, y aprender la importancia de que si queremos ser seguidores de Jesús tenemos que lavarnos los pies unos a otros. Tenemos que curar las heridas, brindar la mano, levantar al caído, dar el alimento, regalar una caricia, o enjugar una lágrima… El amor es acción servicial, no es palabrería.

Hoy, cuando cada noche, salimos a aplaudir a los agentes sanitarios que en nuestro país o en distintas partes del mundo, están entregando sus vidas en el cuidado de los enfermos por el coronavirus, les estamos diciendo: Gracias, por lavarnos los pies con su atención solícita.

Gracias a todos aquellos que han cambiado sus costumbres y poniendo en riesgo su vida, pasan días en los centros de salud para acompañar y sembrar esperanza. Gracias a las auxiliares de limpieza que en las instalaciones estatales y privadas se esmeran por mantener los cuidados de higiene que requieren estos tiempos.

Jesús está en medio de nosotros como el que sirve. Nos continúa lavando los pies a cada uno: cada vez que su Espíritu infunde iniciativas de solidaridad entre los hombres, cada vez que surgen espacios para que, ahora que debemos estar aislados, no nos sintamos solos, en cada oportunidad de comunicación que aprovechamos a través del teléfono, los correos, las video-llamadas, o cualquier otro medio utilizado para transmitir alegría al que está triste, ánimo al deprimido, esperanza al preocupado, son oportunidades para servir a los demás. Acciones aparentemente rutinarias o insignificantes, en estos momentos recobran un valor significativo. No estamos solos.

Pero las lecciones de Dios no terminan. Jesús cogió el pan en sus generosas manos y después de dar gracias, lo partió. Partir el pan era un gesto tan propio de Jesús que por él lo reconocían. Partir el pan significa compartir. Es un gesto de amor solidario. ¿Cómo retener el pan que necesita el hermano? ¿Cómo podemos dejarnos llevar por el miedo de la escases y olvidarnos de “dejar” que mi hermano, que está a unos metros detrás de mí en la cola del pollo o el detergente, también alcance?

El pan partido significa más. No sólo hay que compartir los bienes materiales, sino todos los dones que hemos recibido gratis. Nuestros talentos, nuestros carismas, nuestras aptitudes para desarrollarnos. Los hemos recibido para servir a los demás. Por eso el maestro debe esforzarse porque sus alumnos aprendan más allá de lo que está en el libro de texto, o el recepcionista debe tratar con amabilidad al que se acerca a su buró, o el policía debe dirigirse con educación hacia el civil que se somete a su autoridad.

El discípulo de Cristo tiene que distinguirse por su capacidad de amar. Donde quiera que haya un cristiano debe reconocerse por un perfume especial, el de la caridad. Cristiano es el que más ama y el que ama mejor, porque es el que se siente amado por Jesús y quiere amar a la manera de Dios. Esta es otra lección de Jesús en la Última Cena: “Este es mi mandamiento: Que se amen los unos a los otros como yo los he amado”. Esta es su ley. Él nos amó primero y esa tiene que ser nuestra identificación. Si decimos que amamos a Dios a quien no vemos pero no amamos al hermano a quien vemos, somos unos mentirosos. (Cfr. 1 Jn. 4, 20).

En medio de estas enseñanzas sobre el amor, aparece por encima de todas la Eucaristía. Tanto nos ama Dios que ha querido quedarse para siempre junto a nosotros. “Cada vez que comemos de este Pan y bebemos de esta Cáliz…”.

Jesús se hace presente en cada Misa, de forma real, cuando el sacerdote repite los mismos gestos y las mismas palabras de Jesús en la Última Cena. A este momento le llamamos Consagración. Es el milagro de amor de Jesús por la humanidad. Ante nuestra vista y nuestro paladar, seguimos recibiendo la hostia, el pan sin levadura, y el vino; pero sabemos por fe que ya no son simplemente pan y vino. En cada comunión recibimos al mismo Cristo.


Cada templo tiene un Sagrario, que es el lugar más importante. En él se guardan las hostias que no han sido consumidas durante la celebración. La luz encendida a su lado nos indica que Cristo está. Por eso, cuando puedas volver a visitar un templo, dirígete al Sagrario y disfruta de unos momentos a solas con Dios. Él te espera para escucharte y para hablarte al corazón.

La cuarta gran realidad de esta cena es que no termina en sí misma. Tras consagrar el pan y el vino, dio a sus discípulos la orden de hacer esto en memoria suya. Para los apóstoles no debió resultar difícil entender esta orden: si el pueblo de Israel repetía todos los años el banquete de la antigua alianza, era lógico que Jesús quisiera hacer perenne la nueva alianza que estaba inaugurando. Comprendieron que en aquel momento, Jesús estaba ordenándolos de sacerdotes, transmitiéndoles su poder. Era la coronación de la vocación nacida tres años antes. Les había iniciado en sus doctrinas; les había hecho participar de su misión; les había convertido en pescadores de hombres, había subrayado que no eran ellos quienes lo habían elegido a él, sino que era él quien los había elegido a ellos; les había recordado que ya no eran sus servidores, sino sus amigos. Ahora era la coronación de todo. Les mandaba que hicieran lo mismo que él acababa de hacer y, con ello, les capacitaba para hacerlo. Con ello, sus apóstoles pasaban a ser sus sucesores, sus prolongadores. Y la cena dejaba de ser algo ocasional y transitorio para convertirse en una institución permanente. Cuando él faltara, seguiría en la Iglesia y, con ello, esta presencia suya en el pan no sería solo para estos doce, sino para todos los que crean en él por los siglos de los siglos. Con la Eucaristía había nacido el sacerdocio, como un complemento imprescindible. Un sacerdocio distinto al que los judíos conocían. Así lo entendieron los apóstoles, y así a lo largo de los siglos lo deben entender todos aquellos que se consagran a Dios respondiendo a la llamada a vivir la vocación sacerdotal. Recemos por nuestros sacerdotes, porque llenos de tentaciones y debilidades, tienen la responsabilidad de ser pastores del pueblo.

Acompañemos a Cristo en el huerto de Getsemaní, en la soledad de la última hora antes de que lo aprendieran; y allí en el silencio de la noche y la soledad, pidamos a Dios por la Iglesia, para que siempre sea testigo de su amor, para que la Eucaristía nos capacite a amarnos como Dios nos ha amado. Presentémosle la vida de cada uno de nosotros para que podamos todos vivir el desierto de estos días de recogimiento, preparándonos espiritualmente para la gran fiesta de la resurrección.

Ahora los bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Escuche el audio completo aquí: Mensaje de Jueves Santo