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Alocución del Domingo de Ramos 5 de abril de 2020, por Monseñor Juan de Dios Hernández, sj. desde la emisora provincial Radio Guamá.

Saludos a todos aquellos, que a través de este medio pueden escucharnos. Les habla, Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta Diócesis de Pinar del Río y pastor de todos.

Hoy me dirijo nuevamente a ustedes en el día que los cristianos damos inicio a la Semana Mayor del Año: la Semana Santa. Hoy las lecturas de la Palabra de Dios que es la Biblia, nos recuerdan la última entrada de Jesús en Jerusalén. Días más tarde, viviremos el momento cumbre de nuestra historia de salvación cuando el Viernes Santo acompañamos a Cristo en el camino de la Cruz para, al tercer día, RESUCITAR.

Al comenzar la Semana Santa, la semana más grande de todo el Año Litúrgico, el tiempo más intenso de nuestra piedad y nuestra vida religiosa, vivimos nuevamente el paso del Señor por nuestra historia, por nuestra vida, que culminará en el gran paso que es la Pascua. Que pase Cristo por nosotros con su luz y su medicina, con su fuerza y con su Espíritu, y que su paso disipe nuestras tinieblas, sane nuestras heridas, rompa nuestras ataduras y nos llene de su vida.

La celebración de la Semana Santa nos llevará también a proyectar sobre el presente, sobre la realidad palpitante de nuestra historia, toda la pasión y la resurrección de Jesús.

Son días verdaderamente santos los que vamos a vivir.

A las puertas de estos días de pasión y de vida, encontramos a Jesús que entra en Jerusalén montado sobre un asno y siendo aclamado como rey por sus seguidores, quienes extendiendo mantos, ramas de olivo y de palma a su paso, gritaban: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”; “¡Hosanna en las alturas!”

Por esta razón, la Eucaristía del Domingo de Ramos tiene dos momentos importantes. El primero es la procesión de las palmas y la bendición de las mismas por parte del sacerdote. El segundo es la lectura de la palabra que evoca la Pasión del Señor, en el evangelio de San Mateo.

Es el momento para proclamar a Jesús como el pilar fundamental de nuestras vidas, tal como lo hizo el pueblo en Jerusalén cuando lo recibió y aclamó como profeta, Hijo de Dios y Rey.Palmeras y olivos son signos de paz para nuestro mundo. Por eso cuando ponemos en nuestras casas el guano que, como hemos vivido en años anteriores, es bendecido por el sacerdote en lascelebraciones del Domingo de Ramos, y lo colocamos detrás de la puerta o en un lugar especial como nos enseñaron nuestros mayores; estamos recordando que Jesucristo es Rey y que deseamos que entre en cada hogar y en cada miembro de la familia, para reinara la manera de Dios: basándose en el amor, el perdón y la fraternidad. Son pequeños signos de bendición y compromiso cristiano en nuestros hogares.

Al ver a Jesús subir a Jerusalén, los apóstoles recuerdan tantas palabras de Cristo que no habían entendido: “Nadie me quita la vida, soy yo mismo quien la doy. Tengo poder para darla y poder para tomarla”, como leemos en el Evangelio según San Juan.

Jesús era libre, soberanamente libre. Ningún ser humano se ha encarnado tan libremente con la muerte. Sólo el viento interior, sólo la voluntad de su Padre le empujaba. Porque su libertad era obediencia y su obediencia era libertad… Por eso su paso era presuroso; por eso dejaba atrás a sus discípulos y marchaba en cabeza como el navío almirante de la gran batalla.

Por un momento coloquémonos en medio de la escena.

Entra en Jerusalén sentado sencillamente sobre un pollino. El asno  era, en Palestina, cabalgadura de personas notables. Daba cumplimiento así, a la profecía de Zacarías: “He aquí que viene a ti tu rey. Es justo y protegido de Dios, sencillo y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino, hijo de asna”.

La entrada no podía ser más alegre: la multitud se quitaba el manto y lo tendían en el suelo para que el jinete pasara sobre ellos. Los más, cortaban ramas de palmas y las agitaban a su paso. Y los gritos llegaban al cielo aclamando y bendiciendo. Es gente llena de esperanza que no saben con mucha claridad qué es lo que esperan. Jesús, por primera vez en su vida, autoriza o tolera esos aplausos. Sabe que muy pocos entienden claramente el sentido verdadero de su misión y cuál es la salvación que Él trae.

Hoy el mundo está viviendo una realidad de espanto por la presencia del coronavirus, y nosotros somos parte del mundo. Un virus nos ha roto planes, ha traído dolor a familias enteras, nos ha hecho vivir el sufrimiento por la pérdida de seres queridos, y nos ha llevado a sentir miedo. Pero el miedo y la fe son antagónicos. Dios nos repite una y mil veces, no tengamos miedo. Él no lo tuvo al subir a Jerusalén, y entre aquellos que lo recibían, renacía la esperanza de un triunfo que les permitiría vivir de otra manera, aunque muchos no entendieran totalmente lo que estaba pasando. Tenemos que renacer nosotros también a la esperanza, porque equivocarnos sobre Dios es lo peor que nos puede suceder; porque después nos equivocamos sobre todo: sobre la historia, sobre la humanidad, sobre nosotros mismos, sobre el bien y el mal, sobre la vida. No tengamos miedo al coronavirus. Hay un solo modo para vencer el miedo, y Jesús nos lo enseña: ¡La fe! No la religión, sino la fe… porque la religión es cuando haces a Dios a tu medida y la fe es cuando nos hacemos a la medida de Dios. Venzamos el miedo entonces, con la fe y enfrentemos esta pandemia tomando responsablemente las medidas que nos han orientado, pero también con fe.

Lleno de fe, entró Jesús en Jerusalén. El Mesías sabe que es el día del triunfo, sabe que si callan los niños, hablarían las piedras, pero sabe también que los poderes de Israel, la gran Jerusalén, lo han rechazado. Este rechazo de la gran ciudad, por una parte, y la simpática acogida de los pobres, por otra, lo conmueven hasta las lágrimas. Jesúsllora por Jerusalén porque se está cerrando a la paz y a la salvación. La ciudad es grande y hermosa pero está ciega. Y ésta orgullosa ceguera es su ruina.

Hoy mismo Jesús sigue caminando hacia Jerusalén y tampoco puede contener las lágrimas. Camina hacia Roma, Nueva York, Brucelas, Pinar del Río. ¿Cómo le recibiremos?

Cada día que el Señor nos regala es una oportunidad para ser diferentes, para transformar el egoísmo, el temor, la envidia y la violencia que hay en nuestros corazones. Acompañemos a Jesús en esta entrada triunfal, siendo conscientes de que la humildad, la solidaridad, la generosidad, la verdad, el amor, son los frutos del triunfo de Jesús en nuestras vidas. Cristo no salva el mundo matando, sino muriendo, no quitando vidas, sino ofreciendo la suya, no por imposición externa, sino por convicción interna, no por declaración jurídica, sino por una renovación íntima. Cristo muere por amor. No es la muerte en sí la que salva, sino el amor capaz de morir. Si fuéramos capaces de amarnos así, el mundo estaría salvado.

El Domingo de Ramos, por iniciativa de San Juan Pablo II, se celebran en cada diócesis las Jornadas Mundiales de la Juventud. Hoy 5 de abril, los jóvenes de nuestra diócesis han sido invitados a vivir en sus hogares, uniéndose en especial oración, dadas las medidas de aislamiento por la pandemia, la Jornada número XXXV, con el lema: “Joven, a ti te digo: Levántate”. Esta cita es tomada del Evangelio según San Lucas, del pasaje de la resurrección del hijo de la viuda de Naín.

(…) Jesús puso su mirada atenta, no distraída, en ese cortejo fúnebre. En medio de la multitud percibió el rostro de una mujer con un sufrimiento extremo. Su mirada provocó el encuentro, fuente de vida nueva. No hubo necesidad de muchas palabras. (…) Ningún dolor le es ajeno a Dios. Ninguna muerte le es indiferente.

A cada uno de nosotros hoy, independientemente de la edad, el sexo, la ideología, etc. A todos sin distinción, se nos dirige esta palabra: «Si has perdido el vigor interior, los sueños, el entusiasmo, la esperanza y la generosidad, ante ti se presenta Jesús como se presentó ante el hijo muerto de la viuda, y con toda su potencia de Resucitado el Señor te exhorta: “Joven, a ti te digo, ¡levántate!” (Christusvivit).

Que la Semana Santa que comenzaremos a vivir, nos ayude a removernos por dentro, a sacar de nosotros todo aquello que nos mata y destruye nuestro ser como personas. Qué reconociendo a Cristo como el Enviado de Dios y nuestro Salvador, seamos capaces de escuchar sus palabras de ánimo y esperanza, y poder celebrar próximamente la Pascua con la alegría de las pequeñas resurrecciones personales que necesitamos.

Dios los bendiga.

Escuche el audio en el link:

Mensaje de Domingo de Ramos