presentacion jesusCada 2 de febrero la Iglesia Universal celebra la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, donde se realiza el encuentro con Simeón y Ana, que se entiende como el encuentro del Señor con su pueblo, y además se realiza la purificación ritual de la Virgen María.

En esa época cuando nacía el primogénito era llevado a los cuarenta días al Templo para su presentación, así como lo describe la Ley de Moisés, por eso desde el 25 de diciembre que se celebra el nacimiento del Verbo encarnado al 2 de febrero, José y María cumplieron con llevarlo a consagrar.

Al llegar al Templo, se encuentran con Simeón, a quien el Espíritu Santo prometió que no moriría sin antes ver al Salvador del mundo, y fue el mismo Espíritu quien le dijo al profeta que ese pequeño niño era el Redentor y Salvador de la humanidad.

También en este día se encontraba en el Templo la hija de Fanuel de la Tribu de Aser, de nombre Ana, de edad muy avanzada; Ana enviudó a los 7 años de haberse casado y permaneció así hasta los 84 años, y paraba día y noche en el Templo sirviendo a Dios y ofrecía ayunos y oraciones. Ana al ver al niño alababa a  Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Primera: Lectura: Malaquías 3,1-4

Basta con sólo mirar este pasaje, para que nuestro pensamiento traiga a la memoria la figura de Juan el Bautista, que en su momento vino a preparar el camino del Señor (Mt 3,3); pero permítanme pensar en otras dos personas: Simeón y Ana.

El Profeta deja claro que el “Enviado” no es meramente de un personaje misterioso, sino el mismo “Señor buscado por el pueblo… el Ángel de la alianza deseado por todos” quien a paso firme se dirige hacia su Templo. El Evangelio según san Lucas, a “buen pincel y a pura ternura” recreará esta profecía.

El Esperado a lo largo de los siglos, se dirige al Templo en brazos de José y María, no es el Bautista quien sale a preparar el camino, sino dos ancianos que, movidos por el Espíritu Santo, se adelantan a su llegada y con palabras y actitudes entrañables evidencian que, con la entrada de ese Niño en el Templo, se empezaba a dar cumplimiento lo anunciado que anunció el profeta Malaquías: “Enseguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Ángel de la Alianza que ustedes desean…”

Segunda Lectura: Hebreos 2,14-18

Es hermosa y profunda la catequesis sobre el misterio de la Encarnación de Jesús nos ofrece la carta a los Hebreos. El Señor se nos hace semejante en todo, para redimirnos a todos; en su Encamación se ofrece por la humanidad como el Sumo Sacerdote lleno de misericordia y fiel en el servicio a Dios que se da a sí mismo para expiar los pecados todos los pecados de la humanidad.

El Hijo de Dios, nuestro Señor, es solidario con todos, porque en su corazón y cuero propio, ha sufrido las mismas pruebas de la gente y más aún, las ha sufrido para salvar su pueblo.

Evangelio: Lucas 2,22-40

El Autor de la carta a los Hebreos, con la fuerza de “una prensa” manifestaba que en la Encarnación de Jesús, El Señor asumía en todo la condición humana, y entre las cosas asumidas, está el sometimiento y cumplimiento de la Ley; Lucas, así expresa esta realidad: “cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés…” Los padres llevan al Niño para cumplir con Él, las dos prescripciones de la Ley: Consagrar al Niño a Dios y a ofrecer en sacrificio los dos tórtolas o pichones de palomas (que era la ofrenda de los pobres).

Este sometimiento a la Ley es el telón que se abre para dar paso a esta entrañable escena, llena de ternura y desconcertante profecía. Un matrimonio joven llega al Templo para ofrecer a Dios a su primer hijo varón, allí lo sorprende un viejo, que, a juzgar por el significado de su nombre, sólo supo escuchar a Dios, sino que Dios lo ha escuchado; el Evangelista lo presenta como una persona justa, piadosa, llena de esperanza e inundada del Espíritu Santo. Simeón supo escucha la voz del Espíritu que le reveló que “no moriría antes de ver al Mesías del Señor” y a la vez se deja conducir por el mismo Espíritu que “lleva hasta el Templo”.

La escena parece dejar a José y María sólo en “las buenas intenciones” de presentar al Niño a su Padre, porque el “viejo” que vio entrar a la Luz de la naciones paganas y Gloria de su pueblo, se adueña del momento, toma al Niño en sus brazos y alaba a Dios con su canto entrañable e inmortal. El hombre justo y lleno de esperanza en la promesa del Señor, ya no tiene nada que esperar en esta vida, porque sus ojos han visto al Salvador de todos los pueblos, sus pupilas brillan ante la Luz de las naciones y su corazón estalla de alegría al contemplar a la Gloria de su pueblo.

José y María, no podían salir del asombro al escuchar las palabras de aquel hombre fiel devenido en profeta que, después de bendecirlos; le dirá a la Madre la otra parte de la vida de Jesús que el ángel Gabriel no le había revelado, y que habrá de padecer. Los padres de Jesús, con solemne y sapiencial silencio escuchan la voz de Dios en las proféticas palabras del anciano.

Si alguien faltaba para que el Templo tuviera más luz y en él se respirase más esperanza, allí, también estaba Ana, una vieja hermosa, una vieja realizada en el amor, que amor irradiaba. Lucas dice de ella que fue una mujer que vivió su matrimonio en plenitud: “vivió siete años con su marido” y ya tenía ochenta y cuatro años; en la persona de esta mujer se encarna la felicidad de todo el pueblo fiel en el amor. Siete representa la plenitud, doce las tribus de Israel (doce por siete, ochenta y cuatro). El Evangelista, va más allá para ilustrar la plenitud del amor desponsal de esta mujer para con su Dios: “no se apartaba del Templo, sirviendo (amando) a Dios noche y día con ayunos y oraciones”.

Ana irrumpe en la escena para dar gracias a Dios y completar el anuncio de la Buena Noticia, iniciado por Simeón, ambos dan gracias a Dios: el primero, profetisa a la Madre y ella, enciende la luz de la fe en el corazón de todos aquellos que esperaban la redención de Israel.

Sin mencionar, el momento en que lo hicieron, Lucas dirá: “Después de haber cumplido todo lo que ordenaba la Ley de Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret en Galilea”. Allí, en ese pueblo y de la mano de sus padres, el Niño se fue haciendo hombre, lleno de sabiduría y de la gracia de Dios”.

En este día, de un modo particular, los cubanos estamos invitados a contemplar la imagen de la Virgen de la Caridad que en uno de sus brazos nos ofrece a la Luz del mundo y en el otro nos enseña cual es el candelero.