evangelio maria magdalenaEvangelio según San Juan 20,1-2.11-18.

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.

Ellos le dijeron: "Mujer, ¿por qué lloras?". María respondió: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto".
Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.

Jesús le preguntó: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?". Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo".

Jesús le dijo: "¡María!". Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: "¡Raboní!", es decir "¡Maestro!".

Jesús le dijo: "No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: 'Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'".

María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

San Alfonso María de Ligorio (1696-1787) obispo y doctor de la Iglesia
¡Dios de mi corazón y mi herencia por la eternidad!

Digan frecuentemente a Dios: “Mi Señor, ¿por qué me ama tanto? ¿Qué ve bueno en mí? ¿Ha olvidado las ofensas que le hice? ¡Ah! Como me ha tratado con tanto amor y en vez de enviarme al infierno me ha colmado de gracias, ¿a quién querría llevar mi amor sino a usted, Bien que es mi bien y todo mi bien?

Mi Dios, Dios totalmente amable, de mis pecados pasados, son las penas que yo le he provocado lo que más me aflige, a usted que es digno de un amor infinito, que no sabe despreciar a un corazón que se arrepiente y humilla (cf. Sal 50,19). ¡Ah! Desde ahora, por esta vida y por la otra, mi corazón sólo aspira a poseerlo, a usted. “¿A quién sino a ti tengo yo en el cielo? Si estoy contigo, no deseo nada en la tierra. Aunque mi corazón y mi carne se consuman, Dios es mi herencia para siempre y la Roca de mi corazón” (Sal 73(72),25-26). Si, es y será para siempre el único Maestro de mi corazón, mi voluntad y mi único tesoro, mi paraíso, mi todo. En una palabra, el Dios de mi corazón y mi herencia para siempre”.

Es necesario afirmar su confianza en Dios. Para eso, recuerde frecuentemente la ternura que tuvo con usted, los bondadosos medios que empleó su misericordia para devolverlo a caminos que había perdido, librarlo de apegos de la tierra y atraerlo a su santo amor.