jesucristo cruzCatequesis Cuaresmal IV 

El obscuro problema del sufrimiento de los hombres sigue enfrentándose cada vez más con la pregunta insatisfecha: ¿por qué? Para muchos constituye un obstáculo infranqueable para la fe, ya que ofrece la ocasión de poder acusar a Dios mismo. Nuestra finalidad en este lugar es solamente señalar cómo la cruz arroja una luz sobre el escándalo, profundamente evocado, del sufrimiento.

La respuesta cristiana a la densidad trágica del sufrimiento en la historia de los hombres no pertenece en primer lugar al orden del discurso. Se inscribe en un acto de compasión. Dios en su Hijo viene a compartir este sufrimiento, tanto físico como moral y espiritual; viene a traer en su carne el dolor de la agonía y de una muerte especialmente cruel. Y lo hace, no por amor al sufrimiento, sino por amor a los hombres que sufren. Sin ninguna voluntad de establecer un record, asume el sufrimiento por el mismo título con que asume una naturaleza y una condición humanas. En esta solidaridad querida con todos nuestros sufrimientos hay una verdad y un amor que hablan por sí mismos y que son ya un consuelo. Porque todo ser humano, sea cual fuere el abismo de su sufrimiento, puede dirigir su mirada hacia la cruz.

La cruz de Cristo es la única respuesta definitiva al sufrimiento de los hombres. La cruz no es ni un discurso ni una teoría, ni mucho menos una justificación o una apología. Es un acontecimiento: el encuentro de Dios mismo con el sufrimiento. Es un acto de libertad divina que mantiene juntos los dos rostros del sufrimiento, su horror y su belleza. Su horror, porque se trata del sufrimiento del justo y del inocente, el más escandaloso que puede existir. Pero también su belleza, porque la manera de sufrir de Jesús es ya una transfiguración y una victoria. Jesús ama sufriendo y sufre amando. “Pues habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados” (He 2, 18). Por eso precisamente, después de la cruz, el término mismo de sufrimiento ha cambiado de sentido en el lenguaje cristiano. Por una metonimia de la que tenemos que ser conscientes, designa en adelante el amor que sufre, tanto el amor manifestado por Cristo doliente como el amor que desea estar con el Cristo doliente. Por tanto, si al cristiano se le invita a sufrir con Cristo, a tomar su cruz y a seguirle, se trata ante todo de una invitación a amar con Cristo.

Dios entrega a su Hijo, hasta la muerte, pero para que nosotros tengamos vida. Dios no quiere que el hombre perezca. Dios quiere que el hombre tenga vida. Dios no condena. Dios quiere salvar, quiere liberar del mal y comunicar vida, vida en abundancia, vida para siempre.

Pero si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Por eso Jesús sigue su camino hasta el final, libremente, fielmente, esperanzadamente. Y perdiendo, gana Porque es hasta el extremo fiel en su lucha por la verdad, por la justicia, por el amor, por la vida de cada hombre. Por eso su muerte, es una victoria. Por eso su muerte, su cruz, es gloriosa. Es el árbol del que brota la vida, vida para nosotros, para todos los hombres que siguen su camino, su camino de lucha y fidelidad, de verdad y amor. Sin trampas, sin condiciones. Con una fe absoluta, con una esperanza sin límites.