limosna

Catequesis Cuaresmal III

Se llama limosna a la ayuda material que, por amor de Dios, se entrega al prójimo necesitado; aunque más propiamente que a los objetos entregados, se considera limosna a los actos misericordiosos que mueven a ofrecer tal ayuda a los pobres, con espíritu de compasión ante sus necesidades y a impulsos del amor divino. La limosna es, por tanto, expresión y actuación de la caridad para con el prójimo, determinada por las necesidades de éste. En tal sentido se llama misericordia, porque es aquella forma especial de caridad que está pronta para socorrer la indigencia. La limosna se refiere propiamente a los bienes materiales. A veces se habla, sin embargo, de limosna espiritual, para indicar los actos de corrección fraterna, de consejo, instrucción, etc.

La razón o motivo propio de la limosna es, pues, la de socorrer al necesitado, a impulsos del amor de Dios explícito o implícito. Su razón de ser proviene de la caridad, independientemente de la función social de los bienes materiales. Aunque no existiera la función social de la propiedad privada, habría el deber de beneficiar al prójimo necesitado con los bienes personales, según las posibilidades del bienhechor. Así, la limosna no tiene los límites concretos, más o menos determinables (medium rei) que valen para la justicia social respecto de los bienes sobreabundantes en orden a cumplir la finalidad secundaria de los mismos. El deber de hacer limosna lo ha de determinar la razón (medium rationis), según las condiciones requeridas para el ejercicio de la caridad y según la necesidad del prójimo.

Aunque la limosna es acto de caridad para con el prójimo, no deja de ser caridad para consigo mismo. Jesucristo exhorta así en el Evangelio: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso... Dad y se os dará” (Le 6,36.38). “Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro que no os fallará en los cielos, donde no llega el ladrón ni roe la polilla” (Le 12,33). Esta exhortación coincide con las del Antiguo Testamento, cuando Tobías padre aconseja a su hijo: “Da de tu pan al hambriento y de tus vestidos al desnudo... Haz limosna de tus bienes... Si tienes poco, da conforme a ese poco; pero nunca temas dar limosna, porque así te atesoras una buena reserva para el día de la necesidad. Porque la limosna libra de la muerte e impide caer en las tinieblas” (Tob 4,16.7.10). Y conforme a esta doctrina procederá la sentencia final: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,34-36). Así, la limosna practicada con espíritu cristiano, es excelente medio de santificación.

Un buen cristiano no se contenta con practicar la limosna según el espíritu de altruismo que va penetrando en todas las conciencias como resultado del desarrollo del sentido social. Debe practicarla con espíritu cristiano sobrenatural, que la constituya en obra de caridad fundada en Dios y motivada por su amor. Pero además ha de vivirla generosamente, por encima de lo estrictamente obligatorio para cumplir el deber, llegándose a privar de satisfacciones que una vida sobria puede suprimir razonablemente y que debe suprimir mientras haya tantos miserables en el mundo, para destinar con largueza los bienes ahorrados de ese modo a satisfacer las necesidades del prójimo. La limosna practicada con semejante espíritu y en semejante medida merece en la Escritura los mayores elogios. Es, además, en particular modo recomendada (y en las amonestaciones de la Iglesia se junta con la penitencia y la oración para santificar los tiempos especialmente señalados para la conversión a Dios, como este tiempo de Cuaresma) cuando grandes sectores de la humanidad se encuentran en situación de pobreza o de miseria. La limosna es un gesto de fraternidad y solidaridad.