cauresma

Catequesis Cuaresmal II

Dijo Jesús: Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto (Mt 6, 6).

En la oración tenemos que sentirnos plenamente libres para relacionarnos con la humanidad de Jesús, con el Espíritu Santo, con María nuestra Madre y con los santos. Diríamos que la espontaneidad es regla, de modo semejante a lo que ocurre en las relaciones familiares. Lo esencial es que la oración se conforme a lo que nos ha sido revelado, es decir, que vivir en comunión con Dios Padre, por Cristo, en el Espíritu, es penetrar y participar en su misterio.

La vida cristiana es esencialmente experiencia trinitaria; la cual constituye el entramado, base y meta del vivir de los creyentes: ser en el Espíritu, arraigarse en Cristo, tender hacia el Padre en cuanto hijos en el Hijo y, en él, hermanos los unos de los otros. La oración se encuadra, precisamente, en ese marco trinitario-salvífico, como expresión consciente de lo que somos por gracia. Por eso, Jesús dice: Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro... (Mt 6, 9).

La oración cristiana es esencialmente filial. Cuanto más viva sea la conciencia de que Dios es Padre, más auténtica y cristiana será la oración. Pero Dios es un Padre de características únicas: es el Abbá, Padre querido, todo ternura y cariño muy cercano al que lo invoca. Dios no es un Padre paternalista o autoritario, sino un Padre amigo (cf. DV 2). Es Padre en tal grado que transciende y supera todas las categorías humanas. Es todopoderoso, pero necesita del hombre para cumplir sus planes. Es providente, solícito y atento al clamor de quienes a él acuden: Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé (Is 65, 24).Con cada uno de sus hijos se relaciona como si fuera el único, pero no consiente que ninguno de ellos se niegue a la comunión, porque él es un padre de familia celoso de la unión de los suyos, fuente y origen de toda paternidad y de toda maternidad natural o espiritual; como él no excluye a nadie de la filiación tampoco acepta que nadie quede fuera de la fraternidad.

Jesucristo es el unigénito del Padre, y todo en Jesús es revelación plena y perfecta del Padre: El que me ha visto a mí ha visto al Padre Jn 14, 9. Es también el mediador y el camino que lleva al Padre: Nadie va al Padre sino por mí Jn 14, 6. Él ora por nosotros (cf. 17, 9), y nos apremia para que oremos en su nombre (cf. 14, 13) haciendo nuestras sus actitudes y participando en su vida y misión. Jesús es, además, el verdadero y único Sumo Sacerdote, el orante perfecto, el religioso y adorador del Padre por excelencia, que da forma y sentido a toda oración verdadera. Por eso, nuestra oración, que es sobre todo acción de gracias y alabanza agradable a Dios es Cristocentrica. Cristo sigue orando en el cristiano, y éste, como parte integrante de su Cuerpo, está llamado a orar en él y por él haciendo propios los gemidos inefables en el Espíritu (cf. Rom 8, 26), que son oración de intercesión, de ofrecimiento, de agradecimiento, de alabanza al Padre. El cristiano será feliz si llega a experimentar, de alguna manera, la presencia del Cristo orante en la propia oración.

Vivir y orar como cristiano es vivir y orar en el Espíritu. El Espíritu conoce las profundidades de Dios y lo más recóndito del interior del hombre (cf. 1 Cor 2, 10-11). Como Cristo está en el Padre por el Espíritu, así nosotros permanecemos en Cristo (cf. Jn 14, 20) por el mismo Espíritu. No sabemos orar como conviene, pero el Espíritu nos hace exclamar ¡Abbá, Padre! (Rom 8, 15). Él es luz y es don de amor que nos hace sentir la necesidad de la unidad y nos impulsa a ser en la Iglesia corresponsables de la salvación del mundo. La presencia activa del Espíritu enseña a simplificar la oración, la guía hacia formas más contemplativas y favorece la asociación entre acción y contemplación en la vida del orante. El Espíritu educa a quien se deja conducir por él y le amaestra para que acierte a reconocer a Cristo en los hermanos, especialmente en los más pequeños y en los últimos, que son sus predilectos. El Espíritu, finalmente, abre a la comprensión de la Palabra y calienta los corazones para que se enciendan al oírla (cf. Lc 24, 32). En frase de San Juan Pablo II, realmente “es hermoso y saludable pensar que, en cualquier lugar del mundo donde se ora, allí está el Espíritu Santo, soplo vital de la oración”.