maxresdefaultCatequesis Cuaresmal I

La Cuaresma enseña el Concilio Vaticano II, es el tiempo litúrgico en que los  cristianos nos preparamos para celebrar el misterio pascual, entregándose más intensamente a oír la Palabra de Dios y a la oración, mediante el recuerdo o la preparación del Bautismo y la Penitencia (cfr. Const. Sacrosanctum Concilium, n. 109). Además es tiempo de conversión para volver a Dios Padre misericordioso.

El mensaje que evoca la cuaresma lo podemos resumir así: la vida humana en un proceso de maduración hacia la consecución de la Promesa, gracia que se nos concederá con la venida del Reino de Dios en la fiesta definitiva. Este tiempo es ocasión para la revisión de una Iglesia que se debe reconocer también pecadora.

Es un momento oportuno para que la comunidad cristiana caiga en la cuenta de que no debe cejar nunca en el esfuerzo de la penitencia, esa penitencia común que debe realizar todo hombre, pues el pecado no desaparece del todo en nuestras vidas. Este tiempo es ocasión para realizar el sacramento de la penitencia.

La Cuaresma proclama la misericordia de Dios, que nunca se agota en el ofrecimiento del perdón de los pecados y es una llamada a la conversión manifestada con frutos dignos de penitencia. La fiesta de la Pascua es el fin de la Cuaresma, como la realización de las promesas de Dios que esperamos y será la culminación de nuestra vida. Así de un modo pedagógico, la Iglesia revisa su existencia y mantiene erguida la esperanza en un futuro, que se ha hecho presente en la muerte y resurrección de Jesucristo.

El ayuno junto con la oración y la caridad, ha sido desde muy antiguo una práctica cuaresmal como signo de la conversión interior a los valores fundamentales del evangelio de Cristo. El ayuno es símbolo y expresión de una renuncia a todo aquello que nos impide realizar en nosotros el proyecto de Dios. El ayuno no es un fin en sí mismo, sino tan sólo un medio. El valor de las privaciones corporales depende de esa penitencia interior, de la cual son la expresión y que sólo Dios conoce.

La práctica del ayuno se enlaza con la idea general de sacrificio, por la cual el hombre atestigua que reconoce la soberanía de Dios. Todo lo que posee viene de Él. Y debe darle gracias por ello. Se privará con este fin del fruto de su trabajo y llevará al altar las primicias de sus cosechas, o bien inmolará el cordero más hermoso de su rebaño. Pero de todos los bienes que Dios le ha colmado, el más preciado es el de su propia vida. Es evidente que el hombre no ha de aniquilarla, pero absteniéndose de los alimentos confiesa que Dios es el único dueño de su vida y que él vuelve a ponerla en sus manos.

Para muchos, resulta difícil encontrar qué sentido tiene privarse de cosas, de comida, de ir al cine, o de lo que sea, simplemente por motivos religiosos, “para agradar a Dios” o para pedir su benevolencia hacia nosotros. Sin embargo, no sería ningún progreso, ni humanamente ni cristianamente, abandonar sin más la práctica de la privación voluntaria. Porque vivimos en un mundo que funciona teniendo como ídolo el consumo, la facilidad y el confort, y que como consecuencia anula la capacidad humana de esfuerzo, de creatividad, de búsqueda. De modo que resulta especialmente importante combatir ese ídolo, para que los hombres podamos seguir siendo hombres, y
para que los cristianos podamos seguir siendo cristianos. Es decir, para que podamos seguir afirmando que los valores más importantes no son el tener y el ir tirando, sino el caminar, el ser persona, el amar. Para que podamos seguir diciendo, en definitiva, que lo más  importantes en nuestras vidas es Dios.