Dios me ha concedido el favor a lo largo de mi vida, de tener relación con infinitud de personas de todas las clases y colores. Nada de lo humano me es ajeno, podría decir, como escribió Publio Terencio Africano siglo y medio antes de Cristo.

Cada grupo, comunidad o clase social, tiene sus particularidades y al leer las lecturas de la misa de este domingo, me he acordado de una cierta etapa de mi vida en la que me tocó relacionarme con personas pertenecientes a la nobleza. Advierto que se trataba de gente honesta y sincera con quien yo celebraba la misa en su mansión, dotada de un oratorio público misa a la que asistían también cristianos de los alrededores. La Eucaristía no se distinguía de la que pudiera celebrar en la iglesia parroquial, ahora bien, en acabando la liturgia, pasaba un rato largo con algunos de la familia, con la escusa de tomar un té, que a nadie escandalizaba, ni por lujo, ni por tratarse de nada incorrecto.

Observé y comprobé, y no apruebo ni repruebo, el sentido y vivencia consciente que tenían de su aristocracia. Se honraban de ello, sin despreciar a los que no eran de sangre azul, como vulgarmente se dice. Pero también observé que a su orgullo acompañaba el sentir obligaciones y comportamientos que no exigían a los demás pero para ellos sí, debido a su superior status social.

Todo este largo preámbulo os lo he escrito para que entendáis lo que dice Pablo. La aristocracia espiritual, el rango de nobleza, no lo heredamos, es un don gratuito de Dios. Debemos sentirnos siempre conscientes y agradecidos. La virtud de la humildad no anula la convicción de que somos afortunados, elegidos y mucho más, divinizados.

No se trata, pues, de ser orgulloso, sino de ser consciente y consecuente. Pablo les recuerda a los corintios su nobleza y la delicadeza del Espíritu que habita en el creyente. Se lo recuerda para que respeten también la dignidad de los demás, y no seré quien modifique su mensaje, sino más bien lo acentúe.

Lamento que los noticiarios de papel, de la red de redes, o de Tv y radio, anuncien y comenten delitos de género, abusos y violaciones, como quien facilita la noticia de un campeonato y los delitos sean puntos que se añadan a un listado de aspirantes a ser más de entre los que quieren ser líderes. ¡qué diferente sería el comportamiento de hoy, si todos tuvieran en cuenta esta dignidad que recuerda el Apóstol, que reside escondida en la persona!

Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios, acaba diciendo y es muy suficiente para que vayamos por el mundo alegres de haber alcanzado un trofeo, que por muy real que sea, nadie del mundo es capaz de ver, pero que si es observado por ángeles, santos y el mismo Dios.

El contenido de la tercera lectura de la misa de este domingo, contiene el mensaje evangélico que es como os decía la semana pasada, mis queridos lectores, doctrina paradójica. Si no lo contempláis así y pretendéis aplicar estos criterios a los terrenos de la competición, o de la política, os equivocaréis.

Con frecuencia se dice que un político no puede ser cristiano. Que si te atacan y derrotan en elecciones o referendos, no puedes aplicar lo de la mejilla que recibe un bofetón y presentar la otra, para que insistan en la ofensa. No, el Evangelio no es política. El arte de administrar bien la cosa pública, se rige por otras normas, si que por ello no deban tenerse en cuenta los derivados de la Fe y se desentiendan de los valores cristianos, que, por otra parte, no dejan de ser humanos.

La política debe mejorarse, purificarse, ser coherente y noble, siguiendo caminos políticos. El respeto al que milita en otro partido, o tiene visión diferente de la administración de la cosa pública, debe otorgarlo por criterios humanísticos, por nociones antropológicas. No existen razas, no hay identidades que otorguen superioridad. Debe tenerse en cuenta siempre el bien público, la prosperidad social. Un ermitaño, sumido en el ayuno y la oración, no podría ser político.

El cristiano sumido en la comunidad en la que está implicado, debe distinguirse no por insignias o uniformes, sino por su peculiar comportamiento, más exigente que las legislaciones civiles.
Permitidme para acabar que os ponga un prosaico ejemplo, para que quede más claro. Quien conduce un coche y va aparcar, como buen ciudadano, es suficiente que se estacione en un espacio permitido. Ahora bien, el cristiano lo hará de tal manera, que permita al máximo de conductores aprovecharse del terreno señalado, aunque ello suponga que al volver a recogerlo, le implique una serie de maniobras, que si hubiera dejado en medio, se las ahorraría entonces.