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El Obispo
por P. Joaquín Gaiga

Mons. José Siro González Bacallao
Retrato de Mons. Siro hecho por Juan Miguel Suárez, pintor joven de Pinar del Río, en 2001.

Mons. José Siro González Bacallao nació en Candelaria el 9 de diciembre de 1930 de familia pobre pero rica de fe. El papá Juan Francisco González y la mamá Justiniana Bacallao cuidaron mucho la formación humana y cristiana de José Siro y de su hermana Anisia.
José Siro frecuentó primero la escuela estatal de su pueblo. Ya muchachito le confiaba al franciscano P. Mario Cuende, Cura Párroco entonces de Candelaria, su deseo de imitarlo haciéndose también él fraile franciscano. Pero el Padre Mario, como hizo San José Cafasso con el futuro S. Juan Bosco, le dijo: «No, fraile no, tú no estas hecho para estar encerrado en un convento, si no para la parroquia».
Así aquel «santo varón» lo acompañó al Seminario de San Carlos cuando José Siro tenía apenas 12 años y era aquel su primer viaje a la capital. De este franciscano, como de los demás que conoció en su parroquia nativa de Candelaria, Mons. Siro conserva todavía un gratísimo recuerdo: «A pesar de ser vascos, gente de carácter fuerte, fueron todos hijos dignos de San Francisco por su fraternidad, su pobreza y el amor a sus hermanos: los hombres».
En el Seminario San Carlos José Siro cursó el primer año de estudios entre 1944 y 1945. Al año siguiente pasaba para el Nuevo Seminario del Buen Pastor creado por el Cardenal

Candelaria 7 de mayo de 1954: celebra su Primera Misa el
recién consagrado sacerdote
José Siro González Bacallao.

Arteaga. Allí cursó todos los años de la carrera sacerdotal.
Fue ordenado sacerdote el 28 de febrero de 1954 y celebró su primera Misa en Candelaria el 7 de marzo de ese mismo año en la fiesta de Santo Tomás de Aquino. Estuvo de secretario del Obispo Mons. Evelio Díaz y Coadjutor de la Catedral. Sucediendo al P. Lara, de 1954 a 1957 cuando era Párroco de la misma Mons. Cayetano Martínez.
En 1957 el Obispo Mons. Evelio Díaz lo envió a San Juan y Martínez a cubrir por unos días la ausencia del Párroco P. Ricardo Alfonso que se encontraba enfermo. Esos pocos días sin embargo, se convirtieron en 22 años de Cura Párroco allí, estando después a cargo de San Luis, porque la enfermedad del P. Ricardo se agravó y no pudo volver a la parroquia.
«Lo que más me dolió de aquel período y el sucesivo - explica Mons. Siro - fue la expulsión de los sacerdotes, el cierre de nuestras escuelas y universidades, la imposibilidad de construir nuevos templos. Hay que reconocer que nos dejaron los ya construidos pero también en eso no faltaron excepciones. En mi pueblo natal por ejemplo, la iglesia de Soroa la transformaron en una escuela y nunca más se pudo recuperar, la iglesia del Sostenido construida por una familia en recuerdo de un hijo, víctima del machadato, la derrumbaron con bombas porque estaba construida sobre la roca. Me dolió y me duele la limitación grande en poder comunicar e irradiar el Evangelio a este pueblo que durante estos 43 años fue perdiendo los valores cristianos y hasta humanos que son el fundamento de toda sociedad, sobre todo el primero entre ellos, el de la familia».
En 1962, después de la expulsión, a la que se añadió el éxodo espontáneo de muchos sacerdotes y religiosas de Cuba, quedándo también Pinar del Río con pocos sacerdotes, el Obispo Mons. Evelio Díaz encargó a los padres José Siro y Claudio Ojea la atención de todas las parroquias de la Vicaría central y oriental de la Diócesis.
A San Juan y Martínez, donde le sustituía en las celebraciones el P, Jaime Manich Rector de los Escolapios, el P. Sirovolvía después de su largo vaivén de fin de semana. En 1964 terminó este agobiante trajín que había durado dos años, y pudo dedicarse a la reparación del templo de San Juan y Martínez que concluyó en 1965 gracias al apoyo y la generosidad del pueblo y una considerable contribución del propio Obispo.

El P. Siro a finales de los años 50,
en una comarca del campo en San Juan y Martínez.

Mientras tanto la persistente propaganda atea con sus iniciativas e intervenciones habían infundido mucho miedo de acudir a la Iglesia y a enviar los niños a la catequesis en la parroquia, la cual también se fue quedando sin personas que la animaran. En 1966 el P. Siro trasladaba su trabajo pastoral al campo y se dedicaba durante casi 7 años (de 1966 a 1973) a sembrar tabaco, arroz, frijoles y vianda en la vega de aquel que entrañablemente recuerda como «su gran amigo Panchito Ravelo». Trabajaba en el campo de lunes a viernes y los sábados y domingo atendía las pocas labores pastorales que era posible realizar.
En 1979 el entonces Obispo Mons. Jaime Ortega lo llamó a trabajar a su lado como Vicario de la Diócesis y Párroco de la Catedral, sucediendo al P. Cayetano, que había sido nombrado párroco de la hasta entonces Ermita de la Caridad. Allí estuvo hasta 1982 cuando el Papa Juan Pablo II lo eligió Obispo de la Diócesis. Fue ordenado como tal el 16 de mayo de 1982. En la Diócesis había entonces 11 sacerdotes y 7 religiosas, pero Mons. Siro emprendió, con coraje y mirada esperanzada al futuro, su nueva tarea.
Si ya conocimos algo de sus sufrimientos a lo largo de su vida de Cura y después de Obispo, uno de sus mayores consuelos, como él mismo nos confió, fue la Visita del Papa sobrevolando y bendiciendo a nuestra Diócesis el 21 de enero de 1998. Para obtener esta gracia Mons. Siro logró recoger 118.700 firmas de petición entre los pinareños. Otro consuelo es poder tener ahora en la Diócesis a 20 sacerdotes y 35 religiosas. Pero el más reciente y consolador acontecimiento ha sido poder imponer sus manos y consagrar a dos nuevos sacerdotes, ambos salidos del pre-Seminario Siervo de Dios P. Felix Varela que funciona en San Juan y Martínez.

Al centro, Mons. José Siro González Bacallao concelebra con varios Obispos cubanos en la celebración del Centenario de la Diócesis de Pinar del Río el 2 de febrero de 2003. A la izquierda, Mons. Salvador Riverón (fallecido), Obispo Auxiliar de La Habana, a la derecha Mons. Pedro Meurice Estíu, Arzobispo Emérito de Santiago de Cuba.

Mirando atrás, a sus casi 50 años de vida sacerdotal, me confiesa que ha aprendido mejor, a lo largo de todo este tiempo, qué significa el gran misterio de la Iglesia y la verdad de aquellas palabras que el Maestro dijo de ella: «Las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella».
De los documentos que, junto a los demás Obispos cubanos ha firmado en 22 años de episcopado considera el más impactante «El amor todo lo espera» del 8 de septiembre de 1993. Recuerda el gran trabajo desarrollado en la Diócesis en preparación del ENEC, acontecimiento al que atribuye una importancia trascendental en este último período del camino de la Iglesia cubana.
Según su opinión después de la Visita del Papa a Cuba «hubo un momento de efervescencia y después como una recaída en las dificultades de siempre. Pero, con el correr de los meses y los años la Iglesia va adquiriendo una madurez notable y un crecimiento de sus nuevas comunidades de promoción y vida que se van multiplicando en toda la Diócesis.
El momento actual de la Iglesia, no sólo en la Diócesis, sino en toda Cuba, es un momento de prueba como lo ha sido en todos estos años. Es un momento de sufrimiento porque uno ve el sufrimiento de este pueblo en que vive. Pero al mismo tiempo nos anima un sentimiento de esperanza basada en el diálogo y la convivencia que durante todo este tiempo y sobre todo ahora, promueve la Iglesia».
Mons. José Siro González ha sido un Pastor solícito, encarnado y profético. Su sencillez de vida, con clara influencia de su formación franciscana, no ha cambiado en sus rasgos fundamentales desde su vida de muchacho en aquella Parroquia atendida por los hijos del “pobrecito” de Asís.
Mons. Siro predicando en la Catedral de Pinar del Río.
Podríamos hacer una breve semblanza de sus rasgos humanos y pastorales trazando en líneas sencillas como su propia vida la trayectoria de su largo servicio a esta Iglesia diocesana:
Pastor cercano ha compartido tanto las labores agrícolas como las angustias y esperanzas de su pueblo y de su Diócesis eminentemente campesina.
Su expresión clara y transparente facilitan la comunicación y dejan al desnudo, sin dobleces ni protocolos, las relaciones humanas y los trabajos pastorales. Lo que pudiera parecer actitud y lenguaje directo y descarnado, es, sobre todo, la garantía de saber bien por dónde anda el Pastor.
Su cercanía a los que sufren y están solos lo colocan siempre del lado de la justicia y, aún más, de la misericordia, aunque le duelan las consecuencias y le cuesten las incomprensiones.
Su acendrada devoción centrada en la Eucaristía y el Rosario, pero abierta tanto a la lectura espiritual de elevados autores como a los gestos populares de la religiosidad sencilla. San Martín de Porres, San Rosendo, Santa Lucía, y por supuesto, San José, colocados no sólo en su corazón sino en lo más alto de su cocina y de los comedores de ancianos y desvalidos de su Diócesis, marcan una manera de expresar la fe que no se complica en mediaciones, sino que vive el ritmo de los días a fuerza de pasar las cuentas del Rosario por sus dedos desde el sillón de su galería abierta a la capilla de la Casa y por el temblor insistente e inapagable de una vela encendida en su propio despacho, por sabe Dios qué proyectos, qué personas angustiadas, qué problemas diocesanos o que causas nacionales. Celebra la Misa “pro populi”, cada domingo en su Catedral y allí predica de cuán “humano y divino” va viviendo su pueblo. Palabra sencilla y actual, palabra improvisada en el lenguaje y profundamente reflexionada en la oración y la vivencia en su propia carne y trabajos. Así santifica y enseña a su pueblo, sin aspavientos pero sin concesiones en la fidelidad al Evangelio. Sin herir, pero sin temer. Sin relumbrones pero sin empañar la luz de la verdad. Hay quienes lamentan que algunos momentos señeros de sus enseñanzas, denuncias y anuncios, propios de la construcción del Reino no puedan ser acogidos para que puedan alimentarse otros, pero uno siempre sabe que eso pertenece al misterio del “sembrador que salió a sembrar”.
Su santidad Juan Pablo II conversa con el Obispo de Pinar del Río, durante la visita Ad Limina el 6 de junio de 2001.

Se presentaba en los más recónditos lugares de la Diócesis, unas veces en aquel pequeño carrito VW llamado por algunos “cucarachita”, bautizado por su recordada madre, tan vertical y sencilla como él, como la “Petronila”. Otras veces, las menos, viaja en su actual automóvil; la mayoría, sobre todo cuando va a La Habana y se reúne con sus hermanos de la Conferencia Episcopal, lo ven aparecer en un antiguo y siempre muy bien cuidado Ford del año 1940 que Luisito maneja con cierto orgullo, para él y para el usuario, que deja desconcertados a cuantos lo ven “desembarcar” de tan pintoresco y raudo “fotingo”.
Ha sido un obispo que ha suscitado, para acompañar al celo pastoral y las limitaciones humanas, un sentido diocesano participativo y corresponsable. Cada cual ha encontrado palabras de aliento y margen de participación. Los laicos han sentido, vivido y ejercido esa corresponsabilidad eclesial que se enmarca en la larga tradición de compromiso seglar de esta Diócesis. El sexto pastor ha mantenido y promovido esa línea de confianza en el laicado y de respeto y acompañamiento a sus vocaciones y compromisos eclesiales y sociales. La fundación del Consejo Diocesano de Laicos es una muestra de ello. Así ha fortalecido una dimensión social del trabajo de la Iglesia en Pinar del Río que ha sido paradigmático para muchos.
Un obispo-mecenas, al estilo de la mejor tradición católica, pero con la sencillez de los pobres que saben apreciar la belleza y la verdad. Bajo su gobierno pastoral han florecido y desarrollado numerosas obras e iniciativas pastorales para fomentar la presencia en el mundo de la cultura, el diálogo con los intelectuales, el espacio y el patrocinio para los artistas, el apoyo y el aliento para las publicaciones, la presencia personal y las palabras precisas para los espacios abiertos de debate, las exposiciones.
Los salones de Arte Religioso, los Concursos literarios, los homenajes a personalidades de Pinar del Río y las tertulias de memoria histórica y promoción cultural, no fueron hechos aislados ni inconstantes, para ellos alentó la fundación y desarrollo de órganos pastorales que mantuvieran vivo ese aliento como la Comisión Católica para la Cultura, el Centro de Formación Cívica y Religiosa, la Revista y Ediciones Vitral, el Taller de Restauración, el Grupo musical Ágape y las Aulas de Música y Computación. Eso, sin duda, es un rasgo sobresaliente e imprescindible de su ministerio episcopal. Vivido en estos tiempos, adquieren una trascendencia histórica y fundacional de los nuevos tiempos.
Su constante preocupación por las vocaciones sacerdotales y religiosas, la fundación del Pre-Seminario P. Félix Varela, el acompañamiento a las vocaciones, su insistente plegaria en cada Eucaristía, han logrado que crezca lentamente el número de vocaciones y de sacerdotes diocesanos. Las vocaciones y el mismo Seminario Interdiocesano, ocupan, explícitamente y sin dudas, un lugar central en el santuario de su corazón de Pastor. Se han multiplicado bajo su gobierno pastoral las casas religiosas en la Diócesis y su gran sueño, compartido también por laicos comprometidos, es fundar un Monasterio de clausura en la Diócesis, donde la vida contemplativa visible y actuante pueda completar y dinamizar en el espíritu y la oración, el compromiso social que caracteriza a esta Iglesia diocesana y también, por qué no, para retirarse cada cierto tiempo y al final de la jornada a contemplar al Autor de la Vida y el Señor de la Historia que ha permitido esta trayectoria de fe y de servicio.
Recordará este libro más adelante las palabras y el gesto del Santo Padre al comenzar su inolvidable visita a Cuba, cuando por gestión e insistente súplica del Obispo diocesano quien recogió miles de firmas de sus fieles, sobrevoló el territorio de la Diócesis y la Provincia dejando este mensaje que de alguna manera resume el perfil pastoral del Prelado que lo recibió, creo, como la mayor herencia y corona de su ministerio episcopal. Y este halago del Santo Padre, sin precedentes en nuestra historia, ha quedado esculpido en mármol en la fachada principal de la Catedral bajo la imagen de San Pedro, el primer Papa.

24 horas en la vida de Monseñor Siro...

 

 

 

 


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