MEMORIAS INOLVIDABLES DE UNA VISITA PASTORAL

SER FIELES A LA VERDAD,
AUDACES DEFENSORES DE LA JUSTICIA,
TRABAJADORES DE LA LIBERTAD Y EDIFICADORES DE LA PAZ

Homilía en la misa de Acción de Gracias del Centenario de la Diócesis de Pinar del Río.
Iglesia Catedral de Pinar del Río, 20 de febrero de 2003

Momento del ofertorio, en la misa por el Centenario de la Diócesis
de Pinar del Río.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Querido Monseñor Luis Robles, Nuncio Apostólico, valoramos mucho su presencia como Representante de la persona y el cariño del Santo Padre.
Apreciado Mons. Nicolás Thevenin, atento Secretario de la Nunciatura:
Mons. Pedro Meurice, Arzobispo Primado de Santiago de Cuba, tu testimonio y tu cercanía, querido hermano, nos animan en la fe y el compromiso con Cuba y con su Iglesia:
Queridos hermanos en el episcopado, Mons. Héctor Peña, Obispo de Holguín, Mons. Mariano Vivanco, Obispo de Matanzas, Mons. Carlos Baladrón, Obispo de Guantánamo-Baracoa, Mons. Alfredo Petit y Salvador Riverón, Obispos Auxiliares de La Habana, gracias por venir a acompañarnos en este Jubileo y por su fraterno apoyo en todo momento:
Lamentamos en gran medida la ausencia del Cardenal Jaime Ortega, que está participando en la Asamblea Interamericana de Obispos, he recibido una carta de él y otra del querido Mons. Adolfo:
Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas que comparten nuestra alegría:
Respetados Pastores de otras confesiones cristianas y responsables de las asociaciones fraternales aquí presentes:
Autoridades civiles:
Queridos hermanos y hermanas:

1. Elevemos nuestras voces y nuestro espíritu en un himno de Acción de Gracias a nuestro Dios, Señor de la Historia, que nos ha permitido celebrar este primer centenario de la creación de nuestra querida Diócesis de Pinar del Río.
En efecto, hace hoy justamente cien años que el Papa León XIII, de feliz memoria, erigía el tercer Obispado que tuvo Cuba luego del primado de Santiago de Cuba y el de San Cristóbal de La Habana. Este mismo día y con las mismas Letras Apostólicas creaba también la cuarta Diócesis de la Isla, nuestra hermana y querida Iglesia de Cienfuegos, con la que tenemos el gozo de compartir espiritualmente esta celebración. Su Obispo vendrá, Dios mediante, a presidir la Fiesta de nuestro Santo Patrono, San Rosendo, el próximo 1ro de marzo.
Nuestra Acción de Gracias se eleva a Dios, nuestro Padre, por la historia de evangelización que durante más de trescientos años ha venido escribiendo el Pueblo de Dios, la Iglesia que ha peregrinado en estas tierras vueltabajeras, bajo la acción del Espíritu Santo.
No podemos dejar de mencionar las visitas pastorales de los siglos pasados, efectuadas por Pastores como el Obispo Diego Evelino de Compostela, quienes recorrieron estos campos a caballo, en volanta o en carretas para anunciar con audacia y pasión el Evangelio de Cristo. Ellos fueron los padres fundadores de esta Iglesia, ellos regaron la primera siembra de la que todos los siglos posteriores han recibido la luz de la Verdad. Sobresale la preocupación por la situación de las familias, por las pobrezas materiales, por los problemas sociales que estos Obispos y cada uno de los párrocos dejaron plasmados en los Archivos de la Iglesia al realizar las Visitas Pastorales. Esta es la lección: la Iglesia desde siempre, a lo largo de los siglos ha expresado su preocupación por la vida del pueblo, se ha dedicado a remediarla como pueda y ha encontrado el sentido de su predicación profética en la entrega generosa al servicio de los más necesitados del alma y del cuerpo. Nosotros somos herederos de esta ingente labor en la que nunca se separó la siembra de la Palabra y la cura de las heridas, el anuncio de Cristo y la redención de los hombres y las mujeres que encontraba en el camino. No debemos descuidar esta herencia. No la debemos dejar en segundo plano, aún cuando la Iglesia sea incomprendida y segregada de los cauces por donde corre la vida pública y el debate para la solución de estos problemas.
Los Obispos que vinieron después continuaron esa sagrada misión de enseñar, santificar y guiar a este pueblo. Y en este siglo damos gracias por Mons. Orúe y Vivanco, de corto ministerio episcopal, por su sucesor, uno de los más grandes obispos de Cuba, Mons Manuel Ruíz, por el entrañable y nunca olvidado Mons. Evelio Díaz, el primer pinareño Pastor de esta Diócesis, y por el episcopado de Mons. Rodríguez Rozas, de feliz memoria y de nuestro querido Mons. Jaime que es ahora Arzobispo de La Habana y Cardenal de la Santa Iglesia. Rueguen conmigo a Dios para que este siervo suyo pueda servir fielmente a este pueblo aun sin poder alcanzar la altura de mis predecesores.

2. Debemos dar gracias a Dios también porque un numeroso grupo de sacerdotes como el Padre González Arocha, el Padre Miret, el Padre Cayetano, el Padre Claudio Ojea y muchos más gastaron su vida al servicio de este pueblo y manifestaron patentemente y sin vacilar su inseparable amor a Cristo y a Cuba. Los sacerdotes de hoy, los seminaristas que serán los pastores del segundo Centenario de la Diócesis, deben estudiar la vida y las obras de estos y otros presbíteros que supieron en los peores trances y en los tiempos de bonanza, hacer la síntesis vital entre la Palabra y la vida, entre la fe y la cultura, entre el culto y la misión, entre la caridad y el profetismo, sin fisura, sin claudicar ante el cansancio y los peligros. Inspirémonos en esa coherencia de vida y misión.
Somos también herederos de aquellos religiosos misioneros como el P. Ibarguren y el Padre Lombó, como el P. Rivera y el P. Jaime Manich, jesuitas, franciscanos, escolapios, y otros que sin dejar su carisma propio, hicieron de las misiones itinerantes, campesinas y populares un signo distintivo de esta Iglesia de Pinar del Río. Junto a ellos y junto al pueblo. Sin pensar en ella misma, sin poner primero sus necesidades congregacionales sino las necesidades del pueblo, gastaron su vida y sus pobres zapatos aquellas mujeres religiosas consagradas que pusieron en Cristo toda su confianza y supieron escuchar los latidos más profundos, las quejas más dolorosas y las lágrimas más amargas de este pueblo. Los nombres de Sor Asunción, Sor Isabel Valdés, la Madre Josefa Plat y tantas otras, se unen más recientemente la de Sor Ligia Palacio Jaramillo, cada una en su tiempo y a su forma, supieron dar testimonio de que la prioridad de su vida eran los pobres y el sentido de su consagración la fidelidad a este pueblo. En ellas tienen las religiosas de hoy, de mañana y de siempre no sólo unas intercesoras, sino el ejemplo inspirador de lo que significa la esencia de la vida consagrada. No debemos fallar a ese legado.

3. Permítanme una última inmersión en el riquísimo pozo de la memoria histórica de esta Iglesia que, sin mérito propio hemos recibido en herencia. No puedo dejar de referirme con profundo agradecimiento a la multitud de laicos y laicas que marcaron para siempre el carácter de esta Iglesia y a la que ella le debe lo mejor de sus obras y testimonios. La Iglesia en Pinar del Río ha sido y es una Iglesia donde los seglares han tenido, han ocupado y han exigido su lugar, su misión y su cuota de sacrificio. Solamente mencionaré a algunos cuyas vidas ejemplares son elocuentes por sí solas: Comienzo por las mujeres, Doña Panchita Barrios, madre de muchos hijos y misionera de nuestros campos y lomeríos, Paulita Castillo, progenitora de una gran familia e incansable predicadora de la misericordia de Dios, Zoila Quintáns, fundadora de las Maestras Católicas, Josefa Méndez, Lola Careaga también conocida como “el beso de Cuba” por el gesto que tuvo con el Papa en plena Plaza José Martí y tantas otras que cuidaron, defendieron, ayudaron a reorganizar la Iglesia, en los duros momentos en que la mayoría de los hombres y las demás mujeres le volvían la espalda.
Debemos mencionar también e implorar su intercesión, a aquellos hombres laicos, intrépidos cristianos como César Balbín, misionero desde Oriente en cada vega y casa de tabaco, Justo Figueroa, negro valiente y devoto que sembró de capillas y de fe la parte norte de nuestra Diócesis, Ormani Arenado Llonch, joven piadoso y culto que entregó su vida en coherencia con su compromiso con la libertad de Cuba desde la inspiración cristiana y más recientemente, el hermano Arturo, de Candelaria y la hermana Lilia Carbonell, de Mantua, para sólo mencionar algunos. Queridos laicos y laicas de la Diócesis de Pinar del Río, que este rasgo distintivo de nuestra Iglesia siga distinguiéndolos hoy y siempre. No se desanimen, los invito como Pastor de esta porción del pueblo de Dios a ser valientes, serenos, perseverantes y muy comprometidos con la vida de nuestro pueblo. El campo de la familia, de lo social, de lo económico, el mundo de la política, de la cultura, de las ciencias y de las artes, son los campos naturales e indeclinables de la misión que les es propia. Ese mundo es el lugar donde encontrarán a Dios en la persona de cada hombre y en los ambientes donde desarrollan su vida y su trabajo. Ese es el lugar de santificación de ustedes.
Nunca pidan a la Iglesia que los saque de ese mundo, antes bien, hagan presente a Cristo y a su Iglesia en medio de ese mundo. Un laico católico, fiel a su vocación, no huye de ese mundo, no se refugia en la Iglesia más que para reponer fuerzas y Gracia para volver a salir, para adentrarse “mar adentro” en cada ambiente, en cada estructura social o política, en cada una de nuestras familias, trabajos, escuelas y calles . Su Obispo los acompaña y los respeta. No decide por ustedes, no los protege como adolescentes sino los apoya como hombres y mujeres adultos, responsables de sus propias vidas y de cada una de sus acciones. Como dijo el Papa, “ustedes son y deben ser los protagonistas de su propia historia personal y nacional”. El Obispo los bendice y los anima. Los anima a permanecer en Cuba, aquí es posible ser feliz y ser fiel. Aquí es posible servir a Cristo y servir a Cuba sin grietas en el alma. Es una bendición vivir aquí en estos tiempos de transición de época y de purificación del alma.
Su Obispo los anima sobre todo a la reconciliación.

4. La historia de estos cien años no es sólo una herencia inapreciable, sino que es lección de vida, reto y desafío para el presente de nuestra Iglesia. Esa herencia y esas lecciones son una urgente llamada de Dios que nos invita a la fidelidad y al compromiso.
El presente de nuestra Iglesia no puede, y no debe ser otro que el presente de nuestro pueblo. Estamos aquí para servirlo, para acompañarlo, para ayudar a curarlo, para cooperar en su crecimiento en humanidad y en gracia. Estamos aquí para adelantar el Reino de Dios en medio de nuestro pueblo. La Iglesia es experta en humanidad y tiene un deber insoslayable con las personas que sufren la injusticia.
Recuerdo vivamente la exclamación del Papa en la Plaza de La Habana cuando dijo:
“Queridos hermanos: la Iglesia es maestra en humanidad. Por eso, frente a estos sistemas, presenta la cultura del amor y de la vida, devolviendo a la humanidad la esperanza en el poder transformador del amor vivido en la unidad querida por Cristo...La Iglesia, al llevar a cabo su misión, propone al mundo una justicia nueva, la justicia del Reino de Dios (cf. Mt 6, 33). En diversas ocasiones me he referido a los temas sociales. Es preciso continuar hablando de ello mientras en el mundo haya una injusticia, por pequeña que sea, pues de lo contrario la Iglesia no sería fiel a la misión confiada por Jesucristo. Está en juego el hombre, la persona concreta. Aunque los tiempos y las circunstancias cambien, siempre hay quienes necesitan de la voz de la Iglesia para que sean reconocidas sus angustias, sus dolores y sus miserias. Los que se encuentren en estas circunstancias pueden estar seguros de que no quedarán defraudados, pues la Iglesia está con ellos y el Papa abraza con el corazón y con su palabra de aliento a todo aquel que sufre la injusticia.”(no.5)
El magisterio de Juan Pablo II en su inolvidable visita a Cuba, de la que estamos celebrando el quinto aniversario, debe ser la brújula, el norte y el rasero de nuestra misión evangelizadora aquí y ahora. Ese magisterio está en plena consonancia con las enseñanzas de los Obispos cubanos, está en sintonía con las prioridades y reflexiones del ENEC. Esas enseñanzas del Papa en su peregrinación apostólica a Cuba le dan plenitud al Mensaje de los Obispos cubanos conocido como El Amor todo lo espera que el 8 de septiembre cumple 10 años y que mantiene hoy toda su vigencia y urgencia. La palabra del Papa en Cuba inspiró el mensaje Un cielo nuevo y una tierra nueva que los Obispos presentamos en ocasión del Jubileo del año 2000 y que no ha tenido aún la aplicación deseada. Creo personalmente que los puntos ofrecidos en el Mensaje dirigido a los Obispos cubanos el domingo 25 de enero de 1998, son para mí, pastor de esta amada y sufrida Diócesis, principal motivo de inspiración, guía segura para orientar mi misión apostólica y programa encarnado y profético para la vida de la Iglesia en Cuba en los años por venir. Los animo, pues, a iluminar nuestro presente con ese magisterio pontificio.
Cuba lo necesita hoy más que entonces, porque sufre más, porque el tiempo avanza y porque las esperanzas urgen al compromiso sin descanso. La Iglesia que vive en Cuba, esta Iglesia de Pinar del Río en profunda comunión con ella, debe elevar a su Señor aquella parte de la Plegaria Eucarística que rezamos frecuentemente:
“Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna, frente al hermano sólo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, justicia y de paz, para que todos encuentren un motivo para seguir esperando.” (Plegaria Eucarística V/b. Misal Romano)
Al celebrar este primer Centenario de nuestra Diócesis volvemos los ojos hacia el Señor que sufre y espera en cada cubano y cubana. Que no nos distraigan los ruidos de este mundo, que no nos confundan las voces extrañas al Evangelio, que nunca perdamos de vista al pueblo al que estamos enviados, porque si nos distraemos no escucharemos la Palabra de la Verdad; porque si perdemos de vista al pueblo que sufre, seremos ciegos que guían a otros ciegos; porque si abandonamos al que es discriminado, perseguido por causa de la justicia, al que se siente sólo o desamparado, estaremos abandonando al mismo Cristo. Así lo expresó vehementemente el Santo Padre en El Rincón:
“Cuando sufre una persona en su alma, o cuando sufre el alma de una nación, ese dolor debe convocar a la solidaridad, a la justicia, a la construcción de la civilización de la verdad y del amor. Un signo elocuente de esa voluntad de amor ante el dolor y la muerte, ante la cárcel o la soledad, ante las divisiones familiares forzadas o la emigración que separa a las familias, debe ser que cada organismo social, cada institución pública, así como todas las personas que tienen responsabilidades en este campo de la salud, de la atención a los necesitados y de la reeducación de los presos, respete y haga respetar los derechos de los enfermos, los marginados, los detenidos y sus familiares, en definitiva, los derechos de todo hombre que sufre. En este sentido, la Pastoral Sanitaria y la Penitenciaria deben encontrar los espacios necesarios para realizar su misión al servicio de los enfermos, de los presos y de sus familias.
“La indiferencia ante el sufrimiento humano, la pasividad ante las causas que provocan las penas de este mundo, los remedios coyunturales que no conducen a sanar en profundidad las heridas de las personas y de los pueblos, son faltas graves de omisión, ante las cuales todo hombre de buena voluntad debe convertirse y escuchar el grito de los que sufren.” (Homilía en El Rincón.no.4)
Quiero animar a los diferentes servicios diocesanos a responder con diligente caridad y solidaridad a ese grito de los que sufren en el alma o en el cuerpo, en el alma propia y en el alma de Cuba.
- La Catequesis de Niños y las pastorales de adolescentes y jóvenes deben seguir respondiendo a la formación integral que es una de las prioridades de nuestro Plan Global de Pastoral, ayudándolos a que crezcan en la virtud y el compromiso con Cuba y su Iglesia.
- La Pastoral de la Familia y los Grupos Pro-vida y de la Tercera Edad deben responder a las necesidades urgentes y graves de la familia cubana. Haciendo realidad aquella llamada del Papa: ¡Cuba, cuida a tus familias para que mantengas sano tu corazón!
- La Pastoral Social, Cáritas, Pastoral de la Salud, Hermandad de Ayuda al Preso y sus Familiares, Comisión de Justicia y Paz y el Centro de Formación Cívica y Religiosa, con sus grupos y servicios deben responder, sin desanimarse, a las urgentes necesidades del cuerpo y a la reconstrucción de la persona y de la sociedad civil.
- Los Misioneros, Ministros de la Palabra y Animadores de Comunidades deben seguir la incansable siembra evangélica de aquellos padres fundadores de esta Diócesis, de aquellos laicos y laicas. Sembrar a tiempo y a destiempo. Sólo El Señor sabe el mérito y el valor que ustedes tienen para no desfallecer.
- Nuestras publicaciones: las revistas Vitral, El Pensador, y todos los boletines de los grupos y servicios pastorales y nuestras hojitas parroquiales, deben ser fieles a la Verdad y saber que están al servicio de ella, al servicio de la libertad de la luz y de la justicia en el Amor. El Obispo los bendice y acompaña, los anima y les agradece todo lo que están haciendo para hacer realidad aquellas clarísimas palabras del Santo Padre:
“Un estado laico no debe temer, sino más bien apreciar, el aporte moral y formativo de la Iglesia. En este contexto es normal que la Iglesia tenga acceso a los medios de comunicación social: radio, prensa y televisión, y que pueda contar con sus propios recursos en estos campos para realizar el anuncio del Dios vivo y verdadero a todos los hombres. En esta labor evangelizadora deben ser consolidadas y enriquecidas las publicaciones católicas que puedan servir más eficazmente al anuncio de la verdad, no sólo a los hijos de la Iglesia sino también a todo el pueblo cubano.” (Mensaje a los Obispos cubanos.no.5)
Estas obras y todas las demás obras apostólicas que, gracias a Dios, crecen y se desarrollan en nuestra Iglesia Diocesana cuentan con la bendición y al apoyo de su Obispo, de los sacerdotes, de las religiosas y de muchas personas de buena voluntad. Todas estas obras y servicios tienen un costo y una ofrenda. El costo del sacrificio y “la ofrenda permanente que es agradable a Dios”. Vale la pena poder presentar en la Mesa del Señor nuestras pobres ofrendas que en esta Eucaristía se unen al eterno sacrificio de Cristo que da sentido a nuestros sacrificios y salvación a nuestras vidas.

5. Nuestro presente es una invitación a la encarnación y el profetismo, al servicio generoso y a la apertura de mentes, de corazones y de obras que estén a disposición de todos los cubanos y no sólo de los miembros activos de nuestras comunidades. En el Salmo de hoy hemos cantado: ¡Abrid vuestros dinteles, Oh puertas, alzaos, Oh puertas eternas y entrará el Rey de la Gloria! Esta debe ser nuestra actitud y nuestro estilo: Una Iglesia abierta a Cuba y a todos los cubanos, los de la Isla y los de la Diáspora, los que piensan como nosotros y los que piensan diferente. Debemos preguntarnos durante este año Jubilar qué significa para la Iglesia abrirse más al pueblo, a la gente concreta que comparte nuestro peregrinar, qué significa que la Iglesia ensanche sus dinteles a los diferentes ambientes sociales en los que aún no está presente, ni ella como comunidad, ni sus hijos como ciudadanos.
Debemos cruzar los umbrales del miedo, de la desesperanza, del desarraigo, de la anomía, debemos alzar los dinteles de nuestro compromiso, de nuestra entrega sacrificada y gozosa. Debemos superar los postigos de nuestras falsas prudencias, de nuestras estrecheces de miras, de nuestros posibles sectarismos y cálculos desde la miseria humana. Abrir nuestro corazón y nuestras obras a todo hombre y mujer de buena voluntad es abrir la puertas a Cristo. No es abrir las puertas para que entre cualquier “aire del mundo”, ni para que nos dobleguemos a su influjo “como caña doblada por el viento”. Ni para que cambiemos al Dios verdadero por un becerro que ni de oro nos ha salido. ¿Qué personas, o qué cosas o estructuras, o tentaciones, constituyen hoy nuestros becerros, nuevos ídolos ante quienes nos inclinamos dejando al Dios inefable y misericordioso?
La segunda lectura de hoy, de San Pablo a los Corintios, nos habla claro en nombre de Dios. No por casualidad sino por providencia, el Santo Padre terminaba con esta misma cita su Mensaje a los Obispos cubanos: “Mire cada cuál como construye. Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo. Lo que ha hecho cada uno saldrá a la luz...porque ese día despuntará con fuego y el fuego pondrá a prueba la calidad de cada construcción.” (I Cor. 3.10-17)
Esta es y debe ser nuestra mayor inquietud y nuestra única preocupación verdadera. ¿Cómo construimos el Reino de Dios en Cuba? ¿Sobre qué cimientos edificamos, no sólo la comunidad cristiana, sino sobre qué bases construimos el edificio de nuestra sociedad?
Estos últimos cien años, los días que han despuntado a la luz y al fuego de los años, ya son suficientes para que podamos fijarnos en la calidad de las obras de estos tiempos en Cuba.
Afincados firmemente en Cristo, el único Señor y el único Maestro que no defrauda, construyamos una Cuba nueva y mejor, “estimulando las iniciativas que puedan configurar una nueva sociedad”- como recomendábamos los Obispos en nuestra Carta Jubilar del 2000, haciendo nuestra la exhortación del Papa al año de su Visita.
Alcemos la vista y veremos que los campos están ya maduros para la cosecha. La Iglesia tiene una responsabilidad histórica a la que debe corresponder con humildad e incasable perseverancia.
La Iglesia en Pinar del Río, desea de todo corazón, dar su aporte a esta vocación de servicio al pueblo cubano permaneciendo en Cuba, con Cuba y viviendo para Cuba, para servir a la causa de la justicia, la libertad, la verdad y el amor. Que en este empeño tremendo no perdamos ni la sencillez de vida ni nuestra fe en la fuerza de lo pequeño. Que en este empeño nos acompañe siempre el ejemplo y la intercesión de San Rosendo, nuestro Santo Patrono y todos aquellos que nos han precedido en el signo de la fe, especialmente del Siervo de Dios, el Padre Félix Varela, de cuyo tránsito al Cielo estamos celebrando el 150 Aniversario.
Que nuestra Madre, Reina y Patrona, la Virgen de la Caridad, peregrine con nosotros y presente al Señor esta Plegaria que le dirigimos en nombre de toda la comunidad eclesial en el Primer Centenario de la Diócesis de Pinar del Río:

A Ti, Señor Jesucristo, Camino, Verdad y Vida,
Te alabamos y te bendecimos
porque nos has concedido la Gracia inefable
de haber nacido en Cuba y de poder trabajar en esta
porción de tu Iglesia que es la querida Diócesis de Pinar del Río.
A ti, Señor de la Historia y Padre de los Siglos,
Te alabamos y te damos gracias,
porque nada mejor nos pudiera haber pasado
que compartir con nuestro pueblo
esta hora crucial y única de Cuba.
Ponemos en el Altar nuestra historia pasada:
memoria, herencia y compromiso;
Ponemos también nuestro presente:
Desafío y vocación, don y tarea;
Sobre tu Altar ponemos también
las incertidumbres y las esperanzas del porvenir.
Haznos una ofrenda permanente
para que seamos fieles,
para que podamos servir generosamente
y alcancemos así el gozo eterno
de saber que hemos edificado sobre
la Única Roca que es Cristo
Y poderte decir, con manos limpias y corazón sereno:
Siervos inútiles hemos sido,
Tú, has estado grande con nosotros.
Gracias, Señor.

Amén.

Publicado en Vitral No.54 - marzo-abril. Año IX. 2003

 

Visita Pastoral de Mons. José Siro González Bacallao,
en el Centenario de su Diócesis de Pinar del Río