Mons. Jaime Lucas Ortega Alamino

Diócesis de Pinar del Río. Cuba

   
 
Mons. Jaime Lucas Ortega Alamino

Mons. Jaime Lucas Ortega Alamino nació el 18 de octubre de 1936 en Jagüey Grande, provincia y Diócesis de Matanzas. Realizó sus estudios de bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas. Ingresó en el Seminario «San Alberto Magno» de esa Diócesis dirigido por los Padres canadiense de las Misiones Extranjeras.
Allí siguió sus estudios de Humanidades y Filosofía. Desde el año 1960 al 1964 continuó sus estudios teológicos en Canadá en el Seminario de las Misiones Extranjeras en Montreal, provincia de Quebec.
Fue ordenado sacerdote en la Catedral de Matanzas el 2 de agosto de 1964 por Mons. José M. Dominíquez. Fue Vicario Cooperador en Cárdenas hasta 1966, Párroco de Jagüey Grande hasta 1968. En ese año fue nombrado Párroco de la Catedral de Matanzas y de las parroquias de San Juan Bautista y Santa Ana simultáneamente. Asumió después el cargo de Presidente de la Comisión Diocesana de Catequesis y profesor de Moral en el Seminario «San Carlos y San Ambrosio» de La Habana.
Fue nombrado Obispo de Pinar del Río el 4 de diciembre de 1978. Su consagración episcopal se celebró el 14 de enero de 1979. Tomó posesión de la Diócesis el 21 de marzo de 1979. Durante su breve servicio a la Diócesis, por la escasez de sacerdotes, acudía los domingos a varias parroquias como las de Los Palacios y San Diego de los Baños para no que no faltara el esencial servicio religioso.
Hizo el proyecto de remodelación total de la catedral que no pudo llevar a cabo por las dificultades del momento y su pronto traslado a la Diócesis de La Habana. Fue él quien trajo a las Religiosas de fundación canadiense Hermanas del Inmaculado Corazón de María (MIC). Se preocupó grandemente del problema vocacional e incrementó el espíritu misionero en la Diócesis.
El 20 de noviembre de 1981 fue nombrado Arzobispo de La Habana y tomaba poseción el 27 de diciembre de 1981 en la ceremonia más concurrida que ha tenido lugar en la Catedral de esta ciudad, en la presencia de los Obispos cubanos, más de 100 sacerdotes, religiosos, religiosas y gran muchedumbre de pueblo.
En octubre de 1994 fue elevado al rango de Cardenal por el Papa Juan Pablo II. Se convertía en el segundo Cardenal de Cuba, después de haber sido elevado a este rango, en 1945 por el Papa Pío XII, Mons. Manuel Arteaga Betancourt, también Arzobispo de San Cristóbal de La Habana.
A comienzos del año 1995 el nuevo Cardenal empezó una visita por las diversas Diócesis de Cuba en un recorrido de 1912 kilómetros. Su primera etapa fue a los pies de la Virgen, en el Santuario del Cobre el 7 de enero. Llegaba a Pinar del Río el martes 28 de febrero, en días en que los pinareños celebran la fiesta de su Patrono San Rosendo. Confesaba haber realizado el viaje por la costa norte para «disfrutar del paisaje de esa zona, incluyendo Viñales, y respirar el aroma de los pinos.»
Los vueltabajeros, hospitalarios y francos, le demostraron gratitud. En aquel día su primer encuentro fue con un grupo de personas de la “cultura pinareña”. A ellos, que esperaban quizás un sermón, el nuevo Cardenal les habló confidencialmente de sus estudios musicales, de las obras de teatro que montaba con los jóvenes feligreses en su parroquia, y de su disfrute de la poesía. Les habló de su niñez en Jovellanos, cuando era conocido como el hijo del bodeguero del pueblo y jugaba pelota con los otros muchachos de su barrio.
En cuanto a sus pocos años vividos con los pinareños afirmaba que habían sido suficientes para apreciar «esta provincia pinareña bella en sí misma, bella en su gente» y añadía: «Yo digo siempre en todas partes, no sólo aquí para halagarlos a ustedes, que hay una especie de reserva moral en Pinar del Río, una reserva moral en todos los sentidos. Hay toda una serie de valores de acogida, de hospitalidad, de franqueza, de sinceridad, esto tiene que ver quizá con las raíces todas que forman este conglomerado humano que es hoy el pueblo pinareño.»
El Cardenal, no obstante haber conocido un período de dura y humillante experiencia en la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), siempre albergó en su corazón sentimientos de comprensión y confianza en el futuro. Quien siempre fue hombre de reconciliación, revelaba a los pinareños estos rasgos de su personalidad y alentaba a los mismos sentimientos. “Tenemos que ser más integradores que integristas, integradores para mirar hacia el futuro para el cual nos hará falta integrar todo lo que hemos sido... desdey durante el período revolucionario y hoy, y siempre. Hace falta esto para poder mirar al futuro porque si no, viene la desesperanza, que es lo que atenaza el corazón del cubano... A esto les invito yo, que sean mis palabras así, yo soy así primero, por temperamento... el amor es el que integra, es el que sabe superar, es el que sabe no herir y es el que evita poner el corazón seco y duro... Con eso quiero terminar: con un llamamiento siempre grande a la esperanza.»
En su homilía de la noche recordaba como habían pasado 16 años desde cuando había tomado posesión de la querida Diócesis de Pinar del Río y añadía: «Han sido años intensos, que han cobrado una cuota normal de afectos ya idos. Faltan el Padre Cayetano y el Padre Jaime Manich, cuyos rostros recuerdo y casi me parece ver entre la gente.
«Pero están los rostros nuevos... es tiempo de Esperanza, es tiempo de una gran redada de peces que revienta la red y sobrepasa nuestra propia capacidad de abarcar tan gran número de hermanos que vienen por primera vez al mundo de la fe o que retornan, a veces cansados, a veces maltrechos, a la Casa Paterna, de donde nunca debieron alejarse...»
Eran pues momentos esperanzadores aquellos para la Iglesia Cubana que así definía el Cardenal: «Nuestra Iglesia ha recorrido el camino que va desde las tinieblas a la luz, de la desolación al consuelo, llevada de la mano de Dios... De una Iglesia replegada sobre sí misma, temerosa en cuanto a su quehacer; de una Iglesia que tenía conciencia de no poder hacer nada, hemos pasado a ser por don misericordioso de Dios, una Iglesia que sí puede crecer en número y presencia en medio de la sociedad.»
Hubo lleno absoluto esa noche en la Catedral de Pinar cuando el Cardenal presidió la Celebración de la Eucaristía y pronunció esta homilía. Fue una genuina manifestación de simpatía del hospitalario pueblo pinareño. Muchos fieles habían venido hasta de pueblos más lejanos de la provincia transportados en camiones.
Mons. José Siro se hizo portavoz del sentimiento de los pinareños asegurándole al Cardenal: «Con esta manifestación de fe queremos demostrar a usted que, así como estamos nosotros en su corazón, usted está en el nuestro. Sea bienvenido una vez más en su casa, pues esta sigue siendo su casa, esta es su Catedral, este es su pueblo».