P. Saturnino Ibarguren sj

Diócesis de Pinar del Río. Cuba

   
 




P. Saturnino Ibarguren

Nacido en Villanueva (Guipúzcoa, España) el 11 de febrero de 1856 entró en la Compañía de Jesús a los 20 años el 31 de marzo de 1876. Terminados sus estudios y consagrado sacerdote, fue puesto de ayudante del maestro de novicios de Loyola en 1891. En 1893 era nombrado superior de Javier.
Desde 1897 hasta 1906, por 9 años, recorrió el territorio vasco-navarro palmo a palmo en correrías de triduos y novenas, convertidos en misiones y ejercicios de S. Ignacio, atrayendo almas a Dios. En sus largas correrías, viajaba con pocas cosas y en pobreza evangélica. Hacía viajes de 4 y 5 leguas. Era hombre de intensa y prolongada oración y sobriedad de vida, compasivo, generoso y al mismo tiempo de entera virtud. Tres amores siempre lo animaron: el amor a la salvación de las almas, el amor a la Virgen y el amor al Corazón de Jesús.
Llegó al puerto de La Habana un día que no conocemos de 1906. Las dos terceras partes de la población total de la República eran entonces campesinos que vivían lejos de los templos católicos, y aunque todos estaban bautizados y algunos confirmados, la inmensa mayoría de ellos rara vez o nunca había sido instruida en las verdades religiosas y morales, o había asistido a algún acto de culto.
Apenas llegado a Cuba, con 50 años, el P. Saturnino fue enviado a la casa de los jesuitas que se construía en Sagua la Grande. Aquí se encontraba con una situación de tal indiferencia y falta para cumplir con la práctica religiosa que, después de superar un gran abatimiento, comprendió la necesidad de un cambio total de táctica misionera. Había que acercase más al pueblo, buscar las almas una a una, atraerlas, llamarles amablemente la atención hacia las grandes verdades de la vida humana, asociarlas con otras personas creyentes, tolerar por algún tiempo su indiferencia, entrar en su corazón por sus ideales lícitos y favorecerlos en sus negocios espirituales.
Sus primeras correrías misioneras en tierra cubana fueron en Jatibonico, Ciego de Avila, Arroyo Blanco, Marroquís, Cárdenas, Cantel, Camarioca, Sancti Spíritus, Júcaro, Central Silvera, Jicotera, Guayacanes, Caibarién y Remedios, todas en 6 meses: desde el 19 de noviembre de 1906 al 19 de mayo de 1907.
En aquella época acababa de ser nombrado Obispo de Pinar del Río Mons. Manuel Ruiz quien, queriendo remediar los males de nuestra Diócesis, después de valorar varias alternativas, llegaba a conclusiones prácticas: las misiones eran uno de los medios más eficaces para reavivar la fe y las buenas costumbres; para ellas necesitaba un hombre de robusto espíritu y vivo celo de las almas. Pues tenía que vivir con el pueblo, allanarse a sus innumerables necesidades, y le pareció que el P. Ibarguren, por lo que conocían de él, era la persona indicada.
A la carta de Mons. Ruiz que presentaba este pedido respondió con entusiasmo el P. Errasti, superior de los jesuitas en Sagua la Grande y el P. Ibarguren preparó su maleta para venir a nuestra Diócesis.
Así lo recordaban los pinareños: delgado, pequeño y seco, casi en los huesos, grave, humilde, sencillo, de vestido pobre y de aspecto penitente. Tenía buen entendimiento, sólida instrucción, fineza de juicio, temperamento enérgico y laboriosidad incansable. Casi siempre andaba a pie las calles de las poblaciones y las distancias de pueblo a pueblo, de bohío a bohío. Comía lo que le daban y dormía como podía. Cuando llegaba a la ciudad, después de aquellas fatigas apostólicas, no se le veía sino orando ante el Sagrario, oyendo confesiones y visitando escuelas privadas, la cárcel, o el hospital y las casas de los enfermos.
La provincia de Pinar del Río tenía entonces 13.000 kilómetros cuadrados de superficie y 261 mil habitantes. Al llegar el P. Saturnino, el Obispo Ruiz lo invitó a realizar su primera misión en Las Martinas, territorio de 17 leguas de longitud.
El propio Obispo presenció y quedó muy bien impresionado de la primera misión que hizo en la iglesia parroquial desde el 5 hasta el 17 de mayo de 1909. El padre Casiano Reboredo, párroco entonces de Las Martinas, escribía al superior de Sagua la Grande agradecido por la obra del P. Ibarguren, recordando las sucesivas etapas de esta primera misión en aquel territorio parroquial, cuando iba de un poblado a otro con la imagen de la Virgen Santísima en procesión.
Del 17 al 27 de mayo estuvo en Santo Venia; del 26 de mayo, al 2 de junio en la Güira; del 2 al 9 de junio, en Maspotón; del 9 al 17 de junio, en Cayuco, del 17 al 27 de junio, en las Tumbas. Después de algún día de descanso en la parroquia, la misión se reanudaba en Pasada de Marín, del 30 de junio al 7 de julio; Babineyes, de 7 al 15 de julio; La Grifa, del 21 al 28 de julio; Cortés, del 28 de julio al 4 de agosto; S. Waldo, del 4 al 12. Hemos demorado en los detalles de esta primera misión para dar la idea de su naturaleza. De las demás haremos una alusión más sintética.
También el P. Ibarguren informaba puntualmente a su superior de la marcha de su trabajo misionero y a menudo repetía: "Lo que más mueve a la gente es la imagen de la Virgen que entra y sale procesionalmente, quien convierte a la gente es la Virgen, y es ella la misionera".
Después de un descanso y sus ejercicios espirituales, el 1º de septiembre, condujo otra fructífera misión hasta el 23 de octubre en la parroquia de Mantua. A pesar de los temporales que en el transcurso molestaron el trabajo, el Párroco de Mantua, el P. Manuel M. Espelta, informaba al Obispo de los frutos visibles. Algunos de los cuales se podían precisar también numéricamente: 1.379 Confesiones, 764 Comuniones y 34 matrimonios en un territorio que contaba entonces 11.000 habitantes.
La misión seguía después en Dimas a finales de 1909 y en Viñales a inicios de 1910. Lo acompañaba, por aquel territorio parroquial que alcanzaba entonces 12 leguas de recorrido, incluía 17 poblados y más o menos 17.000 habitantes, el Párroco P. Nicanor Suárez.
A finales de mayo de 1910 emprendió la misión en el laberinto de montañas que es el territorio de La Palma o Consolación del Norte donde era párroco el P. Salvador Valda. Aquí recibía a través de Mons. Ruiz, quien en visita Ad Limina al Papa Benedicto XV había ilustrado a Su Santidad sobre la obra del valiente misionero, una especial Bendición del Santo Padre. Dos meses duró esta misión en las intrincadas serranías durante la cual las Comuniones fueron 2.440 y 80 los matrimonios cristianos celebrados.
Volvió nuevamente hacia occidente para emprender otra misión en el territorio de Sábalo, Guane y los fértiles valles formados por el Cuyaguateje entre los mogotes de la Sierra de los Órganos, territorio de 14 leguas de longitud y 20.000 habitantes, cuando regía ambas parroquias el anciano P. Ramírez.
Estuvo en esta zona desde agosto, hasta finales del año encontrando a su paso mucha pobreza, más escasa respuesta y compartiendo las incomodidades causadas por el desastroso ciclón de octubre de 1910. En Sábalo tuvo la ocasión de conocer a doña Panchita Barrios y hasta visitar la capilla por ella edificada en Las Cuevas pasando 4 días entre la buena gente educada por aquella ejemplar campesina. Misionó también en las escogidas de tabaco.
Desde 11 de enero hasta mayo de 1911 misionó en el territorio parroquial de San Juan y Martínez, que tenía entonces 15.000 habitantes y como párroco el P. Agustín Miret, después en el territorio de San Luis con 11.000 habitantes. En fin misionó en las numerosísimas vegas de Pinar del Río, territorio parroquial entonces de 16 leguas de recorrido y 60.000 habitantes.
Si hay documentación bastante detallada de estas primeras misiones, falta mucha sobre las sucesivas. De todas maneras misionó después entre los 13.000 fieles del territorio de San Cristóbal; los 7.000 de las lomas y montes de San Diego de Los Baños, desde el 21 de enero de 1915 y entre los 13.000 que vivían en las llanuras de Los Palacios, desde el 29 de marzo de 1916.
Misionó también parcialmente en Artemisa y Guanajay. Hizo misiones en Consolación del Sur, Candelaria, Mariel, Cabañas y Bahía Honda. Se sabe además, por una de sus cartas, que en 1919 reorganizó el Apostolado en San Luis, lo estableció en Las Martinas, lo reavivó en Viñales y trabajó intensamente para preparar en este año la Visita Pastoral del Obispo en muchas parroquias de la Diócesis. Cinco meses duró esta Visita Pastoral durante la cual se celebraron 11.011 Confirmaciones, 9.912 Confesiones y 3.806 Comuniones.
En conclusión, se puede calcular que en 10 años misionó palmo a palmo dos tercios del territorio de la Diócesis y bastantes porciones del mismo territorio lo vieron pasar misionando dos veces. Al terminar los diez años de misiones en Pinar del Río, por haber instruido a tantos en la fe, por haberle conocido tantas personas y por haber entrado en la mayor parte de las casas llevando luz a las inteligencias y consuelo a los corazones, era el hombre más popular y el más grande bienhechor de la provincia pinareña. El P. Rivera destacaba, en su libro que aquí resumimos, cómo el P. Ibarguren realizaba su misión, los elementos básicos de su predicación, los resultados inmediatos y a largo plazo de la misión, las dificultades que tuvo que vencer, las satisfacciones que encontró y los sufrimientos que padeció, además de algunas curiosas anécdotas de su paso por los predios de la Vuelta Abajo. Todas, cosas interesantes en las que no nos demoramos por obvios motivos.
En 1919, cuando ya tenía 64 años, el P. Ibarguren fue trasladado por su orden religiosa a Colombia; vivió en Cartagena en la misma casa donde por 40 años había vivido, ejerciendo su heroica caridad el apóstol de los esclavos, S. Pedro Claver. Aunque llegaba a Cartagena después de una labor misionera que había desgastado sus energías físicas, siguió desplegando un múltiple e intenso apostolado entre la gente humilde, en el campo de la escuela y en otras instituciones.
En los últimos años de su vida sufrió una penosa y larga enfermedad que soportó, edificando a todos, con su invicta paciencia y gran amabilidad. Ejemplar en vida, lo fue también al preparase y aceptar cristianamente la muerte que ponía fin a su participación en la Pasión de Cristo el 9 de febrero de 1927 cuando tenía 71 años de edad. Con él moría un singular misionero de España, Cuba y Colombia. El P. Juan Bautista Janssens en su carta en ocasión de la creación de la Viceprovincia jesuita de Cuba, aludía al P. Saturnino Ibarguren diciendo: "Sobresalió en el trabajo de las almas, su causa está introducida..."