Francisca Barrios (Mamá Panchita)

Diócesis de Pinar del Río. Cuba

   
 


Mamá Panchita

Nació en 1850 en el poblado de Luis Lazo en un humilde bohío. Su padre se llamaba Pablo Cabrera y su madre, que se había casado a la temprana edad de 13 años; Charito Pérez. Se mudó para varios lugares hasta terminar estableciéndose en Las Cuevas, camino de Sábalo, distantes legua y media de este pueblo y tres leguas y media de San Juan Martínez. En Las Cuevas residió por 40 de los 75 años de su vida.
Madre de 12 hijos, además crió tres huérfanos y, comprometida en las faenas cotidianas de las más humildes campesinas vueltabajeras, alcanzó aquella perfección cristiana que está en poner el amor práctico a Dios sobre los demás amores y la mirada hacia los bienes eternos por encima de los bienes inmediatos.
Así, movida por este amor a Dios, se levantaba a las dos o las tres de la madrugada del domingo y preparaba solícita, al tenue resplandor de una débil luz, su viaje a Sábalo o a San Juan, más frecuentemente a pie que al lomo de su mula Mora, para ir, en ayuna y por caminos quebrados y pendientes, a participar en la Misa, confesarse y comulgar. A veces lograba que en este viaje y cumplimiento de la práctica religiosa la acompañasen sus familiares y vecinos. Todo sin desatender sus deberes domésticos de los cuales era diligentísima cumplidora.
A su gran amor a Dios lo acompañaban su gran amor y entrega al prójimo: alivió sufrimientos, dio buenos consejos, instruyó en la fe, ayudó a acercarse a Dios y reconciliarse con él a los moribundos, fue conociendo y enseñando varios remedios para las enfermedades y practicando todas las obras de misericordia. En este cuidado le había sido óptima maestra su madre que, desde pequeña, la llevaba consigo cuando frecuentemente visitaba a los enfermos de aquellos entornos.
Fidelísima al hermoso ejemplo y actitud de caridad vivida por su madre, cuando Panchita se enteraba de que había algún enfermo, inmediatamente se sentía responsable de aquella vida y de aquella alma y levantaba los ojos y el corazón a Dios, interesándose por él, poniéndose enseguida a pensar en algún remedio para su alivio físico y, en el más breve tiempo posible, rosario en mano, a pie o a caballo, se marchaba para estar al lado del doliente. Las familias la recibían como mensajero del cielo que hacía renacer en todos la esperanza.
El testimonio de su fe y caridad en los 40 años que radicó en las Cuevas, lo fue dejando en una ancha faja de 7 leguas que van desde San Juan y Martínez hasta el mar, comprende la Comuna, Galafre Viejo, Galafre, Boca de Galafre, Las Cuevas, Guillen, Sábalo y El Naranjo.
Nadie quedaba excluido de su atención. En el momento del dolor y la enfermedad estaba presente a la cabecera del pobre y del rico, del impío y del buen cristiano, del blanco y del negro, del amigo y del injuriador, del niño y del anciano, del impedido y del achacoso y de los que padecían las enfermedades más contagiosas y repugnantes, sin excluir a ningún doliente con el mismo cariño, respeto, interés y deseo de hacerle bien al cuerpo y al alma. ¡A cuantos ayudó a volver a Dios, entregarse a su misericordia, recibir los sacramentos! Hasta hombres brutales se rindieron a la Gracia por sus humildes ruegos y reflexiones.
Durante la Guerra de Independencia la Iglesia del Sábalo, como muchas otras, fue incendiada. Pero doña Panchita logró salvar el Archivo, las imágenes de los santos, incluida la del patrono San José y el copón con las Hostias consagradas. Salvó de probable muerte, a la cual los llevaban las tropas españolas, a su marido y un hijo menor, en una ocasión, y en otra, a sus dos hijos mayores. Al decretar Weyler la Reconcentración, Doña Panchita con los 15 integrantes de su familia debió dirigirse a Pinar del Río.
En la carreta sobre la cual marchaban al lado de una columna del ejército español habían cargado también todas las pertenencias de la Iglesia de Sábalo que, al llegar a la Catedral, entregaron al entonces Vicario de la Parroquia P. Manuel Menéndez. Entre ellas la imagen grande de San José de Sábalo y otras imágenes, el archivo parroquial, los vasos sagrados y el copón con las Hostias consagradas celosamente guardado por 8 meses y hechos objeto de frecuente adoración en su casa. Al otro día, en la Misa, el P. Menéndez lo sacaba del Sagrario de la Catedral donde lo había puesto, lo destapaba y, después de una primera duda, pudo darse cuenta que de aquel Pan Eucarístico, podían tranquilamente nutrirse él y los feligreses presentes.
En los dolorosos meses de la Reconcentración, Mamá Panchita, como todos la llamaban, no mermó su arrojo de caridad aunque en medio de la extrema penuria que comparte con su familia en la cual dejaba un gran vacío la muerte de sus tres hijos menores y de su hija mayor, Caridad. En ella, Panchita, había logrado imprimir todo su amor a Dios y al prójimo, y era ya tan fervorosa y caritativa con los enfermos, que igualaba a su madre y parecía que la iba a superar.
Terminada finalmente la Guerra, Panchita, con los sobrevivientes de su familia, pudo regresar a su finquita de las Cuevas. Al volver allí, para fomentar más la piedad en sí, en su familia y en todos los alrededores, encontró modo, a pesar de su pobreza, de erigir una ermita o capilla, mejor que su vivienda, que dedicó a la Virgen de las Nieves y fue dotando de otras imágenes sagradas y hasta de una bibliotequita con libros de piedad y formación cristiana.
Pequeña de estatura, delgada en los últimos años, de alegres y graciosos ojos, tostada su cara y sus manos por el calor que sufría en los continuos viajes para visitar enfermos, en sus facciones y actuar, parecía la encarnación de la humildad, la sencillez, la serenidad, la prudencia, la sana alegría, la dulzura, la dignidad cristiana, la paciencia y la caridad.
Por haber vivido en lugares donde no había colegios, ella misma enseñó a leer y escribir a todos sus hijos y nietos; también hacía los vestidos a todos los de su casa y aún ayudaba en los trabajos del campo a su esposo con quien fue cariñosa, respetuosa y obediente. Él por su parte, hombre de trabajo, bondadoso y de ideas rectas, llegó a identificarse con ella, con sus ideas y aspiraciones, que parecían dos almas gemelas y es admirable como cooperó en sus planes de religión y caridad.
Ninguno de su familia trabajaba el domingo, y cuando se encaminaba hacia la Iglesia para santificar el día del Señor, los que salían a trabajar y la veían, corrían a esconderse para no disgustarla. Tenía más de 600 ahijados de Bautismo y de Confirmación.
Según el testimonio de su nuera Paula su última enfermedad, que la llevó a cristiana muerte, empezó el 11 de octubre a las once de la noche: hora en que le tocaba rezar el rosario perpetuo: otra tarea a la cual nunca faltó. Fue su enfermedad todo un coloquio con Dios y no se le vio un momento de impaciencia, consolando a sus hijos cuando se le veían alarmados.
Ocho meses duró la enfermedad que la fue progresivamente debilitando en el cuerpo pero refinando en el espíritu. No faltó en aquellos meses ir, por lo menos tres veces, a costa de enormes sacrificios, a la Iglesia de San Juan a recibir los sacramentos. Una vez el Cura, P. Miret, la vio tan débil que, no teniendo ella dinero, le pagó el tren para que pudiera llegar al menos a Galafre. Después de haber ido a San Juan en ocasión de la Semana Santa, fue por última vez en mayo, en ocasión de la fiesta de las niñas de la Corte de María. Vuelta a las Cuevas, entregó su preciosa alma a Dios el 18 de junio de 1955.
Moría con ella una humilde cristiana y campesina que no sabía más que leer y escribir, sin gran cultura, sin cargo, ni brillo alguno de familia y que, sin embargo, orientó a muchos con su trato y sus obras hacia Dios, hacia el amor de Jesucristo y de su Madre Santísima, hacia la verdad y el bien, hacia el orden y la eterna Salvación.
Testimonios de la santidad de su vida dejaron Mons. Severino Saínz, Obispo de Matanzas, coterráneo de doña Panchita y párroco por varios años en San Luis y Mons. Manuel Ruiz, Obispo de Pinar del Río, que varias veces la pudo visitar. Pero quizás el juicio más sintético sobre ella es el del P. Miret quien por 25 años la vio acudir a la Misa, la oración y los sacramentos en su Iglesia de San Juan y Martínez: "Yo conozco corazones humanos pero hasta ahora no he encontrado una alma tan profundamente cristiana y tan completamente buena".
"Así vivió y así murió Mamá Panchita. Pasaron los años, nuevos horizontes, cercanos o lejanos, tomaron sus descendientes. Su casita desapareció pero la pequeña capilla fue respetada, pero abandonada en su lejano rincón, donde poco a poco perdió su lozanía.
Monseñor José Siro, nuestro actual Obispo, cuidadoso celador de la Iglesia Católica pinareña, mandó restaurarla y como mejor homenaje a Panchita, traslada sus restos en 1998 hacia su amada capilla en las lomas de las Cuevas de Guillen. Allí fueron colocados al lado del altar donde reina la Virgen de las Nieves. "Mamá Panchita tu ejemplo seguimos, haciendo camino con Jesús."
Doña Panchita tiene dos biznietos sacerdotes. Uno es el P. Vicente Cabrera, actual párroco de Consolación, en esta ciudad. El otro es el P. Pablo Armando Navarro, que es cura en La Florida, Estados Unidos, donde fue rector del Seminario San Vicente en Miami.