Justo Figueroa Pérez

Diócesis de Pinar del Río. Cuba

   
 

 

Justo Figueroa Pérez

Natural de Jaruco (La Habana). Fue misionero de los campos de Santa Clara primero y después de Viñales y La Palma en Pinar del Río. El P. Tiburcio Sanz, pasionista que cuidó pastoralmente la parroquia de La Palma durante 9 años, desde 1957 hasta 1966, recogió un testimonio unánime de este pueblo pinareño sobre la figura y la obra de Justo Figueroa, que lo llevó a estas conclusiones: "Nunca oí a nadie hablar de Justo Figueroa negativamente. Todas las personas con las que tuve la oportunidad de hablar sobre justo Figueroa, y fueron muchas, todas, absolutamente todas, me hablaron en la misma línea laudatoria."
El P. Tiburcio, sin embargo, se preocupó de redactar también el testimonio detallado de 13 personas que conocieron más de cerca a este laico que, a lo largo de 40 años, fue Apóstol laico de nuestras serranías, alfabetizó y dio Catecismo usando tres medios fundamentales: el libro del Catecismo, el rosario y la escenificación de la vida del Señor con acompañamiento de cantos.
Resumiendo estos múltiples testimonios, que coinciden en muchos puntos y ocupan 10 densas páginas mecanografiadas e inéditas, podemos enfocar mejor la singular figura de Justo Figueroa.
En cuanto a su aspecto y a su manera de vestir y presentarse, nos informan que era mulato, más negro que mulato, alto y delgado. Vestía muy pobremente, hasta con harapos.
Con respecto a la época en que empezó su actividad en la zona de La Palma, el primero de los testigos que lo conoció es Zacarías Alfonso Mesa en 1926, cuando - él mismo afirma - "Justo tenía más o menos 22 años, habiendo nacido en 1904". Mientras que Caridad Domínguez Suárez, que daba de él un largo testimonio y lo habría asistido en sus últimos años junto a una viuda, decía haberlo conocido en 1943.
Todos recuerdan como Justo fue construyendo con tablas y guano, una después de otra, 16 ermitas las cuales después iba visitando, convocando a la gente para instruirla en la fe y animar el rezo del Rosario. Allí organizaba también procesiones y fiestas muy bonitas. Según José Eleuterio Cruz: "Él mismo cargaba los maderos para hacerlas. Era carpintero, albañil, electricista..."
Juntando las referencias de tres de estos testigos se nos hace posible precisar el nombre de todas estas humildes capillas y el lugar donde surgieron: El Chivo, San Vicente (Canelio), La Manigua (Buren), Sixto Méndez, Hoyo Bonito, Palocha, Canto (Jocuma), Casa del Criollo, Carqueja (Vega de Jesús Bello), Corojal, Ceja de la Malanga, La Lima, La Nueva Acción, Manolito, Malvajita y El Sitio.
En estas capillas reunía sobre todo a los niños, con los cuales "era una maravilla. A ellos y a todos - recuerda Belisario Pí, masón - le enseñaba la doctrina, el Rosario, a ir a Misa, como respetar el mundo, las leyes de Dios. Hablaba sobre la cordura, la bondad, el amor. Jamás habló mal de nadie. Cuando se hablaba mal de alguien lo defendía o, si no podía, se iba. Siempre encontraba alguna razón para defenderlo."
Todos estos testigos coinciden en subrayar su sobriedad y gran caridad. Comía una vez al día y muy frugalmente: nada de fumar, ni tampoco café y no comía carne, pero sabía preparar y brindar comida para los más pobres. Dormía en el suelo, cuando pensaba haber cometido un error se castigaba y hacía penitencia.
Nunca se fijó en ninguna mujer. Decía haberse enamorado de una chica a los 14 años pero había sido cosa pasajera, de muchacho. A pesar de no tener atractivo para las mujeres y de manera descuidada de vestir, su trato limpio con ellas le ganó la veneración de muchas que le llamaban "Justo el Santo".
Testimonia al respecto Caridad Domínguez Suárez: "Daba siempre muy buenos consejos a las mujeres en las escogidas. Cuando él hablaba en la escogida se hacía un gran silencio y sólo se oía su voz y la hoja de tabaco." Quizás imitando a los primeros apóstoles fue sensible sobre todo con las viudas con muchos hijos que mantener, llegando a hacerle carbón para que cocinaran la comida y llevarle el pan diario. Una de ellas, madre de 9 hijos, no se olvidará de la caridad de Justo, cuidándolo a él cuando estaba enfermo.
Visitaba a los enfermos, si se enfermaba una persona se pasaba toda la noche con el enfermo y le hablaba del Evangelio. Iba a todos los entierros, "Cuando se moría una persona - testimonia Caridad Domínguez Suárez - era él quien despedía el duelo. Si había una necesidad, allí estaba él." Tanta era la veneración hacia este hombre de Dios que, junto a cierta ignorancia en la materia, se llegó al punto de que algún enfermo pedía confesarse con Justo.
"A pesar de que no tenía nada - afirma Belisario Pí - siempre estaba ayudando a la gente": Puso al servicio de los demás también su talento artístico y su instrucción. A mucha gente del campo le enseñó a leer, a escribir y matemáticas. Llegó a preparar a alguna muchacha para maestra. Escribía poemas, obras teatrales, representaciones sobre la vida de Cristo y otros temas bíblicos y las ensayaba y escenificaba con cuantos frecuentaban su singular catequesis. En Cuaresma preparaba lindas representaciones de la Pasión del Señor. Era un extraordinario director de teatro. Los niños siempre iban con él y los padres se los entregaban con la máxima confianza.
"Para reunir a la gente -testimonia Zacarías Alfonso Mesa- cuando llegaba a un pueblo tocaba una campanita que llevaba y entonces se sabía que estaba en el pueblo, porque a veces se perdía en la vega, para hacer penitencia y pensar en Dios." No se puede hablar de Dios de una manera que convenza sin antes haberlo encontrado. Al respecto Caridad Domínguez Suárez recordaba como Justo, además de este "desierto" frecuente, cada año "hacía un retiro espiritual en el monte de 15 días; sin que nadie lo supiera. Se perdía."
Con todos era amable, para todos tenía buenos consejos y palabras que alentaban y empujaban al bien, a la confianza. "Con todos -afirmaba Luisa Collado Chirino- era bueno, cariñosos, atento." Era alegre y confiado. Al respecto recordaba Zacarías Alfonso Mesa: "Siempre iba cantando por las madrugadas cantos religiosos. Tenía una voz linda y se acompañaba con la guitarra."
Sobre su relación con las autoridades eclesiásticas estos testigos la juzgaban "magnífica" y admiraban su capacidad de adaptarse también al carácter no fácil del P. Mokoroa. También con las autoridades civiles jamás tuvo conflicto: "Los guardias lo querían mucho: ¿Quién va? - Justo, - Siga."
Cuando la Revolución empezó a golpear a los más comprometidos con la Iglesia, testimonian Candelaria la cieguita y su hija: "También él cayo preso y se lo llevaron para Pinar del Río. Allí repetía continuamente "Todo por Dios". Y le preguntaban sus carceleros: "¿Y, por qué todo por Dios?"
- Porque Dios lo ha hecho todo
- ¡Todo es obra de la Naturaleza!
- Es que Dios ha hecho la misma naturaleza.
- ¿Es que tú has visto a Dios?
- No lo he visto, pero lo siento, y no necesito ver a Dios para saber que existe. Usted ha tenido bisabuelo, tatarabuelos y, de seguro, que no los ha visto. Pero sabe que existieron. Así también sé que existe Dios, aunque no lo haya visto.
Caridad Domínguez Suárez contaba: "Fui a verlo en la cárcel de Pinar del Río. Hablé con el teniente y le dije lo bueno que era. Le pregunté por qué lo tenían detenido y me contestó que "con sus enseñanzas estaba haciendo daño a la Revolución". Cuando lo liberaron (después de 15 días) lo trajeron a mi casa, y cuando lo dejaron al frente de mi casa, le escupieron en la cara y él les dijo: "Dios los bendiga, hijos. Eran tres los milicianos que lo habían traído, y de ellos dos escupieron. Ante aquel espectáculo, yo me eché a llorar, y cuando le dije: "¿Justo, por qué le hacen eso?" Él me contestó: "Hija, si a Dios lo pusieron en la Cruz, no importa que me escupan a mí."
Así daba testimonio de su fe en su hora de Pasión este gran penitente que andaba descalzo, comía sólo viandas, sopa y pan; este hombre que todo el mundo quería, "los muchachos, los viejos, todos se fiaban de él". Todos los que lo conocieron advirtieron la presencia de un santo en medio de ellos.
Haciendo eco a afirmaciones propias de muchos de estos testigos, declaraba José Bermúdez García: "Si ha habido santos en la tierra, uno es Justo... Santo más que Justo no se ha visto en la tierra... Ante un retrato de Justo yo le pediría como si fuera un santo."
"Cuando se enfermó, la viuda que él había ayudado a criar a sus 9 hijos se lo llevó a un Asilo en La Habana - como testimoniaba Caridad Domínguez Suárez - con el propósito de traerlo de nuevo a La Palma, tan pronto se pusiera bueno, pero allí se murió. Sin embargo los católicos trabajamos para traerlo y enterrarlo aquí. También colaboró mucho, para este fin, el Padre Tomás Sú."
En efecto, como documenta el Registro Civil de Marianao, Justo Figueroa había fallecido en La Habana el 3 de febrero de 1982. Sus restos reposan en el Panteón de los Caballeros Católicos del cementerio de La Palma.