César Balbín Toyo

Diócesis de Pinar del Río. Cuba

   
 

Según testimonia Tomás Rigual Díaz, quien lo conoció de cerca durante los años de su vida de misionero laico itinerante en el territorio de Mantua, César Balbín fue prácticamente un convertido. Cuando llegaba, en la década del 50 a esta zona más occidental, invitado por Mons. Evelio Díaz Obispo de Pinar del Río, era viudo de la señora Florinda Llorente, natural de Santa Clara, ciudad donde se casaron y vivieron hasta que se mudaron para La Habana.
Florinda había muerto después de una larga enfermedad cristianamente soportada y ofrecida a Dios para obtener que el marido se alejase de una vida licenciosa y entregada a la bebida, y se acercase a la Iglesia y a la fe. Obtuvo esa gracia.
El propio César narraba que un día, al mediodía, acostado en su cuarto, tuvo una revelación en que la Virgen se le mostró y le solicitó dejar la bebida y que, por un término de 15 días, participara todas las mañanas en la Misa y buscara después a un sacerdote para confesarle lo que le estaba pasando.
Fue a partir de este evento que su vida cambió radicalmente. Comenzó a comulgar diariamente y profundizar su conocimiento de la religión preguntándose qué podía hacer en favor de Dios y de su prójimo para la salvación de su alma y la de los demás.
Empezó con gastar todos sus recursos comprando artículos religiosos que iba regalando a personas a las cuales se acercaba hablándoles de Dios y de los valores eternos. Cuando se encontró sin nada, fue a ver a la Señora Encarnación Camut, explicándole toda su situación y la misión que había emprendido. Encarnación Camut que cuidaba la Capilla del Cristo de Limpias en La Habana tomó en serio los propósitos de César y le brindó enseguida su apoyo.
Mensualmente le enviaba al lugar donde estaba misionando y catequizando un paquete con propaganda y objetos religiosos (medallas, catecismos, rosarios, etc.) y una contribución económica para su mantenimiento.
Cuando Mons. Evelio lo alentó a dirigirse hacia nuestra Diócesis, se transformó en un gran misionero laico y catequista de la zona más occidental y más alejada de nuestra Diócesis. Enseguida aquellas gentes se dieron cuenta que este hombre tenía algo especial y aprovecharon su carisma.
Según opinión de nuestro actual Obispo Mons. José Siro: "César Balbín fue un precursor de la forma pedagógica del actual Catecismo Católico. Pues sus cuatro reglas en exponer la catequesis eran: ¿Qué debemos creer? (Teología); ¿Qué debemos cumplir? (Moral); ¿Qué debemos recibir? (Sacramentos); ¿Que debemos orar? (Liturgia)"
Fue desplazándose, sobre todo en la zona de Mantua, de un poblado a otro y dando pláticas sobre la religión en alguna casa de tabaco vacía o en cualquier casa de vivienda donde lo recibieran quedándose allí normalmente una semana.
Su forma y la confianza de la gente en él, como también su obra, fueron progresando sobre todo porque su enseñanza era comprobada por un estilo evangélico y sobrio de vida. Para su alimentación: aceptaba lo que le daban y nunca llevó consigo más que una muda de ropa y la hamaca en que dormía.
Los curas y el propio Obispo creían en la validez de su trabajo formativo y al respecto es interesante esta nota que sacamos de un recorte del boletín "Ecos de Mantua" cuya fecha no es posible establecer. Estamos de todas formas en la década del 50. Dicho boletín lleva en primera página un artículo titulado: "Arroyos de Mantua inaugura su capilla", e informaba de la inauguración de parte de los vecinos de su Iglesia dedicada a la Virgen del Rosario.
Al acontecimiento habían asistido personas también llegadas de todas partes de la República, sobre todo de ciudad de La Habana, Marianao y Regla. La Sociedad Unión Club había vestido sus mejores galas para celebrar la vigilia. La orquesta local "La Invasora" había animado el baile. Y al día siguiente, fiesta de la Patrona, el Padre Fernández Vega, Cura Párroco de Mantua, había presidido la Misa celebrándose 136 comuniones preparadas por el catequista Sr. César Balbín.
En el territorio de Mantua y sus alrededores, César ejerció su singular apostolado más o menos a lo largo de seis o siete años hasta cuando empezó a flaquearle la mente, entonces se instaló en la capilla que hay en Sumidero. Al empeorar sus condiciones de salud volvió a La Habana. En sus últimos años ingresó en el hogar de ancianos de Santovenia en la capital donde en 1968 descansó en paz. Había vivido la última fase de su vida con la mente y el corazón fijos en las cosas de Dios, el Rosario en sus manos y ofreciendo su vida por la patria y por la Iglesia.
La Diócesis de Pinar del Río en tiempos más recientes quiso honrar su memoria y su obra nombrando "César Balbín" a su Centro de Animación Misionera.