Breve Apostólico «Actum Praeclare» mediante la cual el Papa León XIII erigió las Diócesis de Pinar del Río y Cienfuegos


   
 

LEON PP. XIII
PARA PERPETUA MEMORIA

Dignación manifiesta de la Divina Providencia con la isla de Cuba es que esta fertilísima y riquísima región, así cómo fue por el inmortal Colón descubierta de las primeras, así con mayor docilidad abrió sus ojos a la luz de la verdad cristiana y en tal grado y tan rápidamente se extendió por sus campos el beneficio divino, que no dudó Nuestro Predecesor León X en elevar a la categoría de Catedral la parroquial iglesia de Santiago de Cuba.
Aumentado en gran manera el número de los fieles fue por Pío VII Pontífice Máximo convertida dicha Catedral en Metropolitana, o sea, cabeza de Provincia, el día veinticuatro del mes de septiembre del año mil ochocientos tres, quedando sometida a ella la Sede Episcopal de la Habana que el Predecesor del mismo nombre Pío VI había erigido. Está incesante solicitud de los Romanos Pontífices, como también el encargo hecho por los mismos a los reyes de España de proteger tan afortunadas islas, dieron por fruto tal incremento de la fe católica entre los cubanos y sus vecinos, cual apenas se vio en otros países después de larga civilización y apostolado.
Recientemente, cambiada por efecto de la guerra la situación de las cosas, no pudo menos de sentirse este cambio en la religión misma; por cuya causa y por la desaparición de la soberanía de los reyes de España en la Isla de Cuba, creímos de Nuestro deber atender al bien de dichos países conforme a la nuevas necesidades.
A este fin enviamos allá al venerable Hermano Plácido Luis Chapelle, Arzobispo de Nueva Orleans, con el cargo de Nuestro Delegado Apostólico extraordinario, el cual informándose cuidadosamente del estado de las cosas y de sus más apremiantes necesidades, nos diera fielmente cuenta de todo.
Bien ponderado todo y teniendo muy presente la vecindad y afinidad de la Isla de Cuba con las demás regiones de la América latina, por decreto expedido el día cuatro de septiembre del año mil novecientos uno, dispusimos: que en la mencionada Isla rigiesen las mismas leyes del Concilio plenario de la América Latina, celebrada en Roma el año de mil ochocientos noventa y nueve. Y porque, esto solo no bastaba para remediar las nuevas necesidades, pusimos nuestra Apostólica solicitud en ordenar cuanto fuese conveniente, según el lugar y el tiempo, para bien de la fe católica en aquella región.
Así, pues, oído el parecer de algunos de los Cardenales de la Santa Romana Iglesia, que forman la sagrada Congregación encargada de los negocios extraordinarios, cuanto se creyó oportuno en el Señor para acercamiento y defensa de la religión en la Isla de Cuba, Nuestra Suprema Autoridad por la presente Constitución decretamos.
Y en primer lugar, habida cuenta a la gran extensión de la Isla de Cuba y de la Diócesis de La Habana y que por el aumento de relaciones crece de día en día el número de los católicos, siendo sobremanera difícil visitarlos a todos, hemos empezado por aumentar el número de los Obispos y así decretamos que a las Diócesis de Cuba y de La Habana se añadan otras dos sedes en Pinar del Río y en Cienfuegos.
A la primera de estas nuevas diócesis pertenecerá toda la provincia del mismo nombre y le señalamos por límites, al norte, el golfo de México; al este, la provincia de la Habana; al sur, el mar de las Antillas, y al oeste el canal de Yucatán.
La Diócesis de Cienfuegos abarcará la provincia civil de Santa Clara y sus límites serán los siguientes: al norte, el canal viejo de Bahamas; al este, la provincia de Puerto Príncipe; al sur, el mar de las Antillas; al oeste, la provincia de Matanzas.
La sede principal de la Isla de Cuba seguirá siendo la misma de Santiago de Cuba, a la cual estarán sometidas como sufragáneas, además de la ya existente bajo el título de San Cristóbal de la Habana, las dos novísimas, que son, una la de Cienfuegos y otra la de Pinar del Río; pues la Diócesis de Puerto Rico la separamos del vínculo de subjección a la Iglesia Metropolitana de Santiago de Cuba y la declaramos por ahora sujeta inmediatamente a la Sede Apostólica.
Gozará el prelado metropolitano de sus derechos, privilegios y preeminencias que, ya por virtud de los sagrados cánones y constituciones apostólicas, ya por las prescripciones del Concilio Plenario de la América latina le corresponden. En cuyo ejercicio y en cuanto es propio del ministerio pastoral, cada uno según su condición, así el metropolitano como los demás Obispos procurarán con todo empeño que entre ellos reine la caridad mutua, que una sea la mente de todos y uno el corazón y el anhelo por el bien común.
Mandamos que se mantengan los cabildos de canónigos de la Iglesia de Santiago de Cuba, como también de la de San Cristóbal de la Habana, ya por el esplendor del culto divino, ya por ser como auxiliares del Obispo, conforme a las prescripciones de los sagrados Cánones. Y si por la escasez de las rentas no fuere posible conservar en cada. cabildo el número de canónigos que se han de repartir aquellas tierras de modo que en ambos colegios, además de las dignidades, quede para sostener diez canónigos.
Asimismo, queremos que, tan pronto como sea posible, las dos nuevas diócesis de Pinar del Río y de Cienfuegos sean ennoblecidas con cabildos propios y que tengan, al menos, cada uno de estos cabildos diez canónigos. Mientras estos cabildos no fueren canónicamente establecidos, tomarán los Obispos de uno y otro clero los consiliarios entre aquellos que por su piedad, doctrina y práctica en la administración sean más recomendables, los cuales asistirán al Obispo en las solemnidades religiosas para esplendor del culto.
En la colación de los beneficios eclesiásticos, bien sea a los canónigos, bien a otros clérigos, cúmplanse las leyes del Concilio Plenario latinoamericano y las declaraciones auténticas de las mismas, dadas por la Sagrada Congregación de Negocios Eclesiásticos Extraordinarios a las cuales leyes, no menos que a los decretos de los sagrados Cánones, se atendrán los canónigos en el desempeño de sus beneficios.
Si los antiguos emolumentos temporales faltasen o hubiesen sufrido notable disminución, será en gran manera conveniente para decoro del culto, para remedio de las necesidades del clero y para otros religiosos fines de las diversas diócesis, que se procuren recursos por otros medios conformes a los sagrados Cánones y a lo ordenado por el mencionado Concilio Plenario americano y que se establezca el Jus cathedraticum, quedando al criterio del próximo Concilio provincial el señalar la tasa del mismo.
Cuanto en estas Nuestras Letras establecemos respecto del orden jerárquico, de los derechos, privilegios y honores de los constituidos en dignidad, aunque muy oportuno y casi necesario para el mejor régimen del pueblo cristiano y para mayor solemnidad del culto divino, es, sin embargo, en cierto grado cosa exterior. Lo que sobre todo importa es que aquellos a quienes se encomienda la cura de almas y la vigilancia de la casa de Dios "sean muy bien probados en su idoneidad y tan conspicuos en la piedad y costumbres puras que de ellos pueda esperarse preclara ejemplaridad de buenas obras y consejos de cristiana vida." Y no solamente en piedad y virtudes han de resplandecer los eclesiásticos más también en la doctrina sagrada y profana afanándose por escudriñar hasta las cosas más secretas a que se dedican los hombres en nuestros días.
Empéñense los Obispos y procuren a todo tranco formar sacerdotes, cuya ilustración corra pareja con su dignidad y cargo, a fin de que al pueblo de Dios, rodeado de tantas asechanzas y expuesto a tantos peligros, puedan prestarle ayuda.
Así educados y bien formados, es justo que para los más altos puestos sean escogidos "aquellos que versados ya en el orden clerical, son recomendables por tener la ciencia necesaria para el desempeño de su cargo y por la integridad de las costumbres", como también procurarán los Obispos escoger para la cura de almas a los que por su edad, costumbres, doctrina, prudencia y demás buenas cualidades propias para el gobierno de la iglesia vacante fueran juzgados más aptos.
Unos y otros, cualesquiera que sea su ministerio, líbrense de afiliarse a partidos políticos, según aquella máxima del Apóstol: "ninguno que se ha alistado en la milicia de Dios debe mezclarse en las cosas del mundo" y esto principalmente para que nuestra santa religión, que sobrepuja a todo lo humano, y a todos los hombres debe estrechar con el vínculo de la mutua caridad y benevolencia, no falte a su oficio y su saludable ministerio no se haga sospechoso. Aun apartándose de dichas humanas contiendas, amplio campo les queda para defender los intereses católicos, principalmente con el ejemplo de la mutua concordia, por cuya virtud, desechado todo linaje de envidia y emulación y estrechándose con caridad de hermanos, puedan los sacerdotes unirse formando un solo cuerpo con Cristo, como el Apóstol recomienda diciendo: "Muchos formamos en Cristo un solo cuerpo siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros".
Para conservar esta concordia, no menos que para fomentar la piedad, que a menudo se entibia con las ocupaciones exteriores de cada día, reconocida la máxima utilidad de aquellos piadosos ejercicios en que se entrega el ánimo con verdadero empeño a la contemplación de las cosas divinas, cuiden los Obispos de que en ciertos días del año se junten los eclesiásticos á recapacitar sobre las verdades santísimas de la religión y los deberes de la vida sacerdotal. Fortalézcanse sus almas con estas meditaciones, seguidas de sinceros propósitos de más santa vida y de ir robusteciendo sus almas con el uso frecuente de los sacramentos.
Finalmente, para más ilustrarse en la sagrada doctrina celébrense reuniones en que se discutan cuestiones de teología moral y de sagradas ceremonias. Y porque es de tanta importancia la educación de los clérigos, cuya esperanza se funda en los seminarios, trabajen los Obispos en su erección y tengan sobre ellos una vigilancia extrema, procurando que no sean admitidos sino aquellos "cuya índole y buena voluntad den esperanzas de que perseverarán en el servicio de los eclesiásticos ministerios." Acerca de este punto son muchas las cosas que por el Concilio Plenario de la América Latina fueron sabiamente declaradas y oportunamente sancionadas.
En bien espiritual de toda la Isla de Cuba, encarecidamente recomendamos el Seminario-Pío- Latino-Americano, donde a la vista de los Romanos Pontífices, en la capital del orbe cristiano, fueron educados muchos y muy esclarecidos pregoneros del evangelio y rectores de almas y muchísimos más imitadores suyos se están educando.
Por este motivo queremos que, a ejemplo de las demás diócesis de América, envíe cada una de las Diócesis de Cuba non intermíssa vice dos jóvenes, por lo menos, que reciban su formación en el referido colegio.
Cuidado especial merecen también las escuelas de jóvenes del pueblo en estos tiempos, principalmente, en que las almas de los ignorantes se hallan tan expuestas a perniciosos errores y tan fácilmente son por el mal ejemplo, arrastradas al vicio. Trátase nada menos que de formar una sociedad que será en adelante lo que en su principio fuere, a la cual hay que apartar tanto más pronto del peligro cuanto mayor es el afán de los impíos por pervertirla. De ahí es que nadie puede desconocer la suma importancia de abrir cuantas escuelas sea posible y vigilarlas y atender a las buenas ideas y sanas costumbres de los profesores; como así mismo se debe procurar que se funden para uno y otro sexo escuelas mayores normales en que se formen los maestros.
En cuanto a las corporaciones religiosas que en la Isla de Cuba existen y tan beneméritas son lo mismo de la Iglesia que de la sociedad, excusamos encarecerles que procuren no decaer de su antigua gloria; que se mantengan en la observancia de los votos con que a Dios se ligaron; guarden la ley de la clausura; vivan sumisos a sus mayores y unidos con el clero secular trabajen "en la edificación del cuerpo de Cristo." Tocante a los ministerios que les son propios, o sean las misiones, campo amplísimo tienen abierto donde enseñar y conservar la fe e implantar las costumbres propias del pueblo cristiano.
Para obtener con más abundancia estos frutos es necesario que en las poblaciones más numerosas se establezcan casas religiosas, de ocho personas al menos, cuyo deber sea, lo mismo en las ciudades que en los pueblos, predicar e instruir a las almas.
Para que la conducta de los Obispos en la Isla de Cuba sea uniforme y puedan atender y remediar mejor las necesidades comunes, serán de máxima utilidad las reuniones o conferencias episcopales en que se delibere acerca de lo que para bien de las diócesis fuere necesario, teniendo presente lo que por la Congregación de Negocios Públicos mandamos declarar en Letras del día primero de mayo del año mil novecientos.
Cuanto en las presentes Letras ordenamos y cuanto encargamos, sin duda, producirá sus buenos frutos, si los eclesiásticos procuran con anhelo mostrarse dignos de su ministerio, confirmando con el ejemplo la doctrina, "hechos propiamente modelos vivos de la grey cristiana." Es, pues, necesario que de tal modo regulen su vida y costumbres, que su aporte, sus palabras y todo su ser "exhalen el buen olor de Cristo" Así para robustecer la eclesiástica disciplina mandamos que tan pronto como fuere promulgada la nueva circunscripción de diócesis y establecidas las nuevas sedes y entregadas a sus Pastores, el Venerable hermano Plácido Luis Chapelle, Arzobispo de Nueva Orleans, Delegado Apostólico de la Isla de Cuba, al cual encomendamos la ejecución de lo que las presentes Letras contienen, convoque un concilio Provincial y lo presida, cuyas actas, según las prescripciones canónicas, enviará a esta Sede Apostólica.
Firmemente esperamos que será obtenido el éxito que muy de veras deseamos y que en breve dará sus saludables frutos cuanto en estas Letras se manda. Animados de esta confianza dirigimos al pueblo cubano nuestras últimas palabras, exhortándole encarecidamente a que se mantengan firmes en la fe de sus mayores; vivan unidos en el vínculo de la paz; sean los hijos sumisos a sus padres; estén prontos a oír y ayudar a los sagrados Pastores; acomoden su vida a los preceptos del Evangelio; honren como es debido a las autoridades de la repúb1ica y "llenen Nuestro gozo profesando unánimes la misma caridad y el mismo pensamiento".
Las presentes Letras con cuanto en ellas se contiene nunca podrán ser tachadas y contradichas por vicio de subrepción o de obrepción o de nuestra intención, o por cualquier otro defecto; antes bien decretamos que han de ser siempre y en toda su fuerza válidas y producir en todos los casos sus efectos y ser por todos, de cualquier grado y condición que sea inviolablemente, en juicio y fuera de juicio, cumplidas; no obstante los decretos generales o especiales, apostólicos, o dados en sínodos diocesanos, concilios provinciales o generales, así como los derechos y privilegios de las antiguas sedes de la Isla de Cuba, misiones allí constituidas y de cualesquiera Iglesias y lugares píos, aunque refrendados con juramento, confirmación apostólica u otra cualquiera fuerza, como tampoco obstarán cualesquiera otras cosas en contrario aún dignas de especial mención, las cuales todas, si se oponen a lo antedicho, expresamente las derogamos.
Declaramos también sin fuerza y de ningún valor todo lo que por cualquier autoridad, consciente o inconscientemente, se atentare contra ellas.
Queremos que a los ejemplares de estas Letras, aunque impresos, pero firmados por notario y sellados por persona constituida en dignidad eclesiástica, se les de la misma fe que se daría por manifestación de nuestra voluntad a los presentes.
A nadie, pues, sea permitido infringir, ni con osadía temeraria oponerse a esta página de Nuestra Constitución, ordenación, limitación, derogación y voluntad. Si alguno presumiere atentar contra esto, sepa que ha incurrido en la indignación de Dios Omnipotente y de los Bienaventurados Pedro y Pablo sus Apóstoles.
Dado en Roma, en San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el día veinte de febrero de mil novecientos tres, de nuestro Pontificado año vigésimo quinto.