El Estado y la Educación Católica

Editorial de la Revista Vitral. Septiembre - Octubre de 2008

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La educación católica y la laica, en nuestra región latinoamericana y caribeña, deben ser renovadas hacia la formación integral de una persona que esté a la altura de estos tiempos, que asuma consciente y responsablemente los retos del mundo de hoy. La emergencia educativa que vive América Latina y el Caribe, y la imprescindible educación pública de inspiración cristiana que debe compartir y respetar el estado, fue tema medular de La V Conferencia General del Episcopado de nuestra región, desarrollada en Aparecida, Brasil, en el 2007.
Poco se ha divulgado al respecto en Cuba por ambas instituciones: el Estado y la Iglesia, y ha comenzado otro curso escolar donde la educación en general a todos los niveles, sigue centrando su atención en la adquisición de los conocimientos y en el desarrollo de habilidades y capacidades en los estudiantes con vistas a producir en serie, profesionales capaces para asumir los retos del desarrollo de la ciencia y la tecnología, donde la competencia, la productividad y el mercado, ocupan un lugar privilegiado y los fines políticos su razón de ser. Una educación al servicio del mercado en la mayoría de las latitudes y al servicio del estado en el caso de Cuba.
Nuestras sociedades le siguen imponiendo a los centros educativos de hoy como encargo social, la formación de un hombre cada vez más integral en todas sus dimensiones, más solidario, más medioambientalista y más humano. Los procesos educativos, incluyendo el cubano, no priorizan el desarrollo de los valores morales, éticos y cívicos que garantizan el amor a la vida, a la familia y a vivir una sexualidad responsable. No educamos para superar la violencia que cada día es mayor, a adquirir actitudes y virtudes que conviertan a nuestros niños, adolescentes y jóvenes en constructores de la paz, la felicidad y del futuro social.
La Iglesia católica, reconoce que todos los alumnos, sin exclusión de credo, raza y pensamiento político tienen derecho a acceder a una educación que garantice la asimilación consciente y crítica de la cultura, pero de este modo, la cultura en toda su extensión debe hacerse en todo momento educativa. Las familias tienen el derecho de optar por aquellos estilos pedagógicos que crean garanticen el cumplimento de estos objetivos. La Iglesia como institución social debe tener acceso a la educación de manera activa y participativa, contribuyendo a la formación de los valores del evangelio, que no serán nunca como dijo SS Juan Pablo II un peligro para ningún sistema socio-político.
En nuestro país, miles de familias quisieran que sus hijos se educaran formalmente bajo estilos pedagógicos de inspiración cristiana. Esto presupone insuflarle al proceso de enseñanza aprendizaje, una dinamicidad espiritual que ayude al alumno a alcanzar verdaderamente su libertad ética. La educación solo humaniza y personaliza cuando el ser humano logra desarrollar plenamente su pensamiento y su libertad, transformándolos en hábitos, para que después en pago como decía nuestro Apóstol José Martí, contribuya a la educación de los demás de una manera comprensible, produciendo su propia cultura, humanizando cada vez más su mundo, transformando la sociedad para bien y construyendo su propia historia.
Si en Cuba, el estado permitiera escuelas públicas de inspiración cristiana, el maestro podría educarse y educar hacia un proyecto de ser humano en el que habite Jesucristo con su poder transformador y de vida nueva, optaría por permitir que el evangelio sea más anunciante y por ende iluminador, enfundando aliento y esperanza, pues no se puede pensar en una verdadera promoción humana, sin abrir al hombre a Dios y anunciarle a Jesucristo.
La Iglesia Católica no quiere exclusiones en la educación, y sí una educación de calidad para todos, formal y no-formal, sobre todo para aquellos más pobres económica y espiritualmente. Ofrecer a nuestros niños, adolescentes, jóvenes y también a los adultos, un encuentro verdadero con los valores culturales genuinos de nuestra patria es su intención, sin riegos, porque Cristo como hombre perfecto, es el fundamento en donde todos los valores humanos encuentran su plena realización y unidad. Además de generar la caridad y la preferencia por los más pobres y necesitados, permite asumir un proceso educativo, donde la participación de la familia, la formación y superación de los docentes son tareas prioritarias.
La Iglesia Católica siempre tendrá como principio irrenunciable la libertad de enseñanza, como una condición para su auténtica realización. La familia, al darle la vida a su prole, asume la total responsabilidad de su educación por derecho propio, derecho que ningún estado puede arrebatarle. La sociedad y el estado deben reconocer a los padres como los primeros y principales educadores, ya que la familia es la primera escuela de virtudes sociales que no puede suplirse. Este principio, reiteramos, es irrenunciable, y si la familia está en crisis, es porque la educación también está en crisis. Ningún sector educacional, ni tan siquiera el estado, se le puede otorgar el derecho, o dejar que tome por la fuerza esta facultad escudado en la defensa de la educación de los más pobres y concederse el privilegio y la exclusividad de la responsabilidad de la educación que corresponde también a los padres, pues se estarían menoscabando los derechos naturales de la familia y la persona.
Si Cuba contara con colegios y universidades católicas, donde el estado garantizara la matrícula de todos los que quisieran, existiera un fortalecimiento desprejuiciado acerca del diálogo fe y razón, fe y cultura, y un fortalecimiento de la formación de profesores, alumnos y personal administrativo a través de la Doctrina Social y Moral de la Iglesia, para que sean capaces del compromiso solidario con la dignidad humana, solidario con la comunidad, y de mostrar proféticamente la novedad que representa el cristianismo en la vida de las sociedades latinoamericanas y caribeñas. Para ello es indispensable que se cuide el perfil humano, académico y cristiano de quienes son los principales protagonistas.
Las universidades como centros cimeros culturales, son las llamadas a través de sus actividades a armonizar, en un contexto de fe, a preparar personas capaces de un juicio racional y crítico, conscientes de la dignidad trascendental de la persona humana. Esto implica una formación profesional que comprenda los valores éticos y la dimensión de servicio a las demás personas y a la sociedad, el diálogo con la cultura, que favorezca una mejor comprensión y transmisión de la fe; la investigación teológica que ayude a la fe a expresarse en lenguaje significativo para estos tiempos. La Iglesia, porque es cada vez más consciente de su misión salvífica en este mundo, quiere sentir estos centros cercanos a sí misma, desearía tenerlos presentes y operantes en la difusión del mensaje auténtico de Cristo.
Ojalá, esta V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe resuene en nuestro país, y se tome conciencia de que la educación cristiana prestaría mucho a la promoción humana y a la evangelización de las nuevas generaciones; su aporte a la cultura de nuestros pueblos, y el aliento a las Diócesis tendrían una significación especial.
Por el momento, las congregaciones religiosas y organizaciones de laicos católicos proseguirán incansablemente, a través de la educación no-formal, su abnegada e insustituible misión apostólica y educativa.

Editorial. Revista Vitral no. 87. Septiembre - Octubre de 2008.

2008-11-05

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