Desarrollo Humano Integral, algo para pensar en serio

por Tania Gómez Rodríguez

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Hace 50 años la Iglesia Católica manifestó, como tantas otras veces lo había hecho, su interés especial por el respeto a la dignidad del hombre. En esta ocasión sería el papa Pablo VI, quien a través de su Encíclica El desarrollo de los pueblos (su título en latín es Populorum Progressio) llamaría la atención del mundo sobre cuestiones de vital importancia para todos los seres humanos.

A la luz del Espíritu Santo el Papa fue realizando un recorrido por la situación de la época, sin embargo, en tono profético, podemos encontrarnos reflejados en cada una de las palabras del documento episcopal.

El desarrollo de los pueblos es el nuevo camino para alcanzar la paz, manifestado en la acción solidaria y la toma de conciencia de las desigualdades sociales; la necesidad de un cambio radical en las estructuras socio- económicas y políticas; la relación existente entre crecimiento económico y progreso humano; la reforma urgente y la transformación audaz y profundamente innovadora que ayude al hombre a liberarse de la esclavitud, entre otras.

El Papa Pablo VI no olvidó llamar la atención sobre las campañas de alfabetización, la importancia de la familia, la demografía, el pluralismo legítimo y la promoción cultural.

Pero uno de los puntos más importantes tratados en esta Carta fue el desarrollo humano integral, que “no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad” (43), pues posee como criterio el bien de la persona en todas sus dimensiones. Este es el verdadero desarrollo al que debe aspirar el Estado y para ello se deben tomar una serie de medidas sociales que garanticen el resguardo de la dignidad de la persona, la justicia social, la paz y el respeto al pensamiento distinto.

La Populorum Progressio describe el desarrollo integral como un proceso de mayor humanización y en sus párrafos encontramos la sugerencia de acciones concretas para alcanzarlo: “Lograr ascender de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las plagas sociales, la adquisición de la cultura… El aumento en considerar la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación al bien común, la voluntad de la paz. Más humanas aún: el reconocimiento, por el hombre, de los valores supremos y de Dios, fuente y fin de todos ellos. Más humanas, finalmente, y, sobre todo, la fe, don de Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que a todos nos llama a participar, como hijos, en la vida del Dios viviente, Padre de todos los hombres”. (21)

A veces creemos que sólo con expresar lo que soñamos que sea, o creándonos una imagen “de mascarilla” ante lo que en realidad vivimos, es suficiente para que se forme una opinión acertada sobre nosotros. Sin embargo, llega un momento en la vida en que el ser humano se cansa de propagandas y engaños; se cansa de que la palabra no se corresponda con la acción, de que no encuentre coherencia en los discursos que abogan a favor del hombre cuando en realidad no se ve interés desde la raíz para erradicar los daños que atacan la sociedad.

¿Cómo vamos a promover un ambiente de paz sin darle a la familia la importancia que tiene en la sociedad, donde debe nacer esa paz desde el interior de cada uno de sus miembros, para así ir contagiando al resto de nuestro entorno?

¿Cómo vamos a fomentar el valor de la solidaridad de unos con otros cuando median intereses de trasfondo que son a la larga los que mueven las acciones solidarias?

¿Cómo lograr que el hombre respete el pensamiento contrario si desde los primeros años se fomenta la masividad y la igualdad de ideas y acciones?

¿Qué tipo de hombres estamos formando para el futuro, qué sociedad obtendremos mañana, si llevamos décadas concentrándonos en transmitir conocimientos, que no siempre son asimilados correctamente, y hemos olvidado el verdadero sentido de la educación, que va más allá de la instrucción ofrecida?

“El humanismo cerrado, insensible a los valores del espíritu y a Dios mismo, que es su fuente, podría aparentemente triunfar. Es indudable que el hombre puede organizar la tierra sin Dios; pero sin Dios, al fin y al cabo, no puede organizarla sino contra el hombre. Un humanismo exclusivo es un humanismo inhumano. Luego no hay verdadero humanismo si no tiende hacia el Absoluto por el reconocimiento de una vocación, que ofrece la idea de la vida humana. Lejos de ser la norma última de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo sino cuando asciende sobre sí mismo, según la justa frase de Pascal: «El hombre supera infinitamente al hombre»” (42).

Cincuenta años después de que esta encíclica llegó a cada rincón del planeta como una llamada de alerta, vuelve a resonar en cada uno de nosotros. La humanidad está sufriendo continuamente las consecuencias de acciones contra el plan de Dios que es: la felicidad del hombre. Todavía estamos a tiempo para actuar, pero tenemos que hacerlo con la mirada bien limpia en lo que deseamos alcanzar. El desarrollo humano integral va dirigido al hombre, que no es solo materia y por lo tanto requiere que se tengan en cuenta todas sus dimensiones. Eso es misión de la sociedad en su conjunto: Familia, Estado, Iglesia; y nadie tiene la verdad absoluta en sus manos. Entonces… trabajemos juntos, con la experiencia y las herramientas con que cuenta cada uno, porque compartimos un mismo objetivo: que el hombre sea cada vez más humano.



Cfr.
Rossetti, C.L. Fragmentos de documentos vinculados a la Doctrina Social de la Iglesia para entender las implicaciones del Desarrollo Integral.
http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_26031967_populorum.html

Justicia y Paz. Revista Vitral No. 128, Año XXIV, Octubre- Diciembre de 2017

2018-02-26

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