Laicismo y laicidad Conflicto en las sociedades modernas

Por: Jorge A. Núñez

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Parece un juego de palabras, pero en un mundo donde existe tanta confusión, resulta de utilidad aclarar significados para comprender un poco mejor los fenómenos. Nuestro país no escapa de las consecuencias, aunque los hechos se manifiesten de manera distinta al actual epicentro europeo y las prioridades en la Isla sean de otra naturaleza.
En general, la laicidad define la separación entre Iglesia y Estado. En épocas anteriores, se usaba con preferencia el término de profano para designar esa dimensión, más orientada a la organización de la vida social y política en relación con lo propiamente cultual y religioso, la consagración al servicio de la fe cristiana, lo sacramental. Se trata de una sana distinción de campos que persiguen sus propias finalidades. Pero tal distinción no significa que los cristianos debamos abandonar la realidad profana a sus propias leyes. Ningún cristiano es apolítico simplemente porque ningún ser humano lo es. Tal como dijera Aristóteles, “el hombre es un animal político”. La política no es un mal necesario. Es la manera básica de organizar la vida en sociedad y dependerá en parte de la intencionalidad de quienes se dediquen a ella, pero también de la madurez política de los pueblos. Por tanto, no necesariamente debe oponerse a la fe, ni tampoco los cristianos debemos abandonar ese campo por considerarlo profano.
Los cristianos peregrinamos en un mundo que no nos puede ser indiferente. La Iglesia no debe, ni puede, estar ajena a lo político, pues ese terreno es determinante para el bienestar de la persona humana. De ahí la invitación constante de la Doctrina Social al compromiso laical con la política, hasta la presencia del Santo Padre en foros como las Naciones Unidas. El cristianismo, desde su mismo origen, busca la justicia, la paz y la concordia social. Es parte de su naturaleza iluminar desde la fe y el magisterio la política, aun cuando la Iglesia no sea un partido político, ni mucho menos haga política partidista. El cristiano debe evangelizar el mundo y dar lo mejor para sembrar los valores del Reino en medio de las leyes e instituciones que rigen las sociedades. Ha sido siempre así en todas las etapas de la historia de la humanidad, y la historia de Cuba tiene una gran tradición en este sentido.
Por otra parte, un estado laico no es necesariamente hostil ni indiferente al hecho religioso y debe favorecer la libertad religiosa como parte de los derechos humanos, sin obstruir la posibilidad de vivir la fe en sus dimensiones personal y social. Los Estados que se definieron dentro de la corriente marxista no son laicos, sino confesionales ateos. Una confesión atea negativa, pero sigue siendo de naturaleza religiosa. Y por mucho que se empeñen los teóricos marxistas en buscar matices y atenuar conceptos, el marxismo nació ateo y es desde el ateísmo que elabora toda su estructura teórica sobre el ser humano y la sociedad. No se trata de algo tangencial dentro de esa corriente de pensamiento, sino esencial. Se basan en una doctrina filosófica que se autodefine desde una postura contraria a la fe y en todos los países donde se han establecido gobiernos de inspiración marxista, sin excepción, se han fomentado campañas de ateísmo militante promovidas por el Estado, al tiempo que limitaron la expresión de la fe religiosa. Y no es algo del pasado lejano, en el año 2014 el gobierno chino ordenó una campaña para destruir cruces y demoler iglesias, católicas o de otras denominaciones, en varias regiones del país.
En la declaración Dignitatis Humanae, del Concilio Vaticano II afirma el derecho a la libertad religiosa:
“Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, sea por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana; y esto, de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos”.
El laicismo, por su parte, es una tendencia que se distingue con fuerza en varias naciones de Europa, pero de alcance y repercusiones globales. Como fenómeno tiene raíces históricas que remiten de manera especial a la Ilustración y a la Revolución Francesa. Su ideal de libertad, igualdad y fraternidad nació oponiéndose a la fe cristiana, con el supuesto desatinado de contraponerla a la razón, la ciencia y el progreso. No fueron capaces de comprender lo absurdo de la idea de una fraternidad entre los hombres sin un Padre común. La igualdad no contenía a los miles supuestos enemigos del pueblo que terminaron guillotinados, incluidas 17 religiosas Carmelitas Descalzas quienes se negaron a abandonar su fe. La libertad, despojada de su origen metafísico y convertida en fin en sí misma llevó al terror.
El laicismo nace del pensamiento liberal que se sustenta en el mito prometeico del progreso. Según su lógica, el hombre se basta a sí mismo, sería su propia medida, no necesita de Dios ni de la salvación. El racionalismo y el dominio de la naturaleza resolverán todos los problemas. La religión sería sólo un estorbo contra la Ciencia y el desarrollo de los pueblos, en especial la Iglesia Católica, tildada de oscurantista y de limitar la libertad. En sus campañas actuales pretenden expulsar de la vida social y política a la religión, llevarla a un ámbito cada vez más privado e intimista. El pretexto es proteger la exacerbada sensibilidad de los ateos ante la presencia pública de las manifestaciones de la fe, incluidos los símbolos tradicionales de los edificios que ofrecen servicios públicos, la existencia de capillas en hospitales o aeropuertos, la educación religiosa, el uso de prendas como cruces o las ropas típicas de los musulmanes en centros de trabajos etc. Pero también se ha llevado a juicio a abogados que no han aceptado casar a personas del mismo sexo por objeciones de conciencia, o a clínicas que por el mismo motivo se hayan negado a hacer abortos u operaciones a personas transgénero para modificar su cuerpo.
Las religiones abrahámicas, principalmente el judaísmo y el cristianismo, comparten el Antiguo Testamento. La fe, a diferencia de la mitología, está marcada por la historicidad desde su origen. El mensaje de Dios es entregado a los grandes profetas veterotestamentarios para que influyan en la historia concreta de Israel y en el resto de la humanidad. En la persona de Jesucristo, a través del misterio de la Encarnación, la predicación del Evangelio, la Pasión, Muerte y Resurrección, así como en el nacimiento de la Iglesia, se manifiesta de la manera más completa la importancia que le confiere Dios al compromiso con la vida de las naciones, lo cual ha tenido una influencia profunda en la conformación del mundo moderno tal y como lo conocemos, de manera especial en la llamada civilización occidental.
En realidad, tampoco existe un acuerdo total en el uso de los términos laicidad y laicismo. En los artículos se hace referencia en ocasiones a un laicismo sano y otro laicismo de línea dura, pero en el fondo todo alude a la diferencia entre la separación entre Iglesia y Estado con la campaña agresiva que pretende eliminar a la religión de la cultura y la vida en sociedad para darle paso a las ideologías. Las palabras de S.S Benedicto XVI en un discurso a juristas católicos en el año 2006 continúan siendo iluminadoras para comprender la intención de este movimiento:
“Basándose en estas múltiples maneras de concebir la laicidad, se habla hoy de pensamiento laico, de moral laica, de ciencia laica, de política laica. En efecto, en la base de esta concepción hay una visión a-religiosa de la vida, del pensamiento y de la moral; es decir, una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto, vigente en todo tiempo y en toda situación. Solamente dándose cuenta de esto se puede medir el peso de los problemas que entraña un término como laicidad, que parece haberse convertido en el emblema fundamental de la posmodernidad, en especial de la democracia moderna”.
Por tanto, todos los creyentes, y de modo especial los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir a elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete "la legítima autonomía de las realidades terrenas", entendiendo con esta expresión —como afirma el Concilio Vaticano II— que "las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente" (Gaudium et spes, 36).
Más allá del parecido de las palabras y los galimatías del idioma, nos encontramos ante una realidad que exige respuestas claras por parte de los cristianos. El respeto y la coexistencia de formas de pensar y comprender la realidad no están reñidos con la defensa de principios. Vivir libremente una identidad a nivel social no es una agresión o una imposición para el resto, ni tampoco una muestra de fanatismo, sino una exigencia natural de la coherencia y la autenticidad, que debe ser respetada y acogida en cualquier sociedad que respete al ser humano en su dignidad.

Reflexiones. Revista Vitral No. 127, Año XXIV, Julio- Septiembre de 2017

2017-12-06

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