Las cinco preguntas de la ciudad

Texto y Foto: Rafael Ángel Bernal Castellanos

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Tras el mostrador de su cafetería, ubicada en algún lugar del pañuelo del mundo, un sitio donde la enredadera cubana echó raíces y extendió sus guías, alguien se atarea; el entorno —de color verde— deja a su espalda la repisa con las botellas, en el centro una, que nunca se abrirá, muestra la etiqueta “Guayabita del Pinar”. La pared de la derecha exhibe la foto de una esquina de una ciudad remota. Frente al mostrador, a la izquierda de la entrada, hay un paisaje con unos bueyes frente a un campo de tabaco. La pared de la izquierda tiene puertas que encaminan hacia otras habitaciones.
Llegado hace años a la que consideró una breve estancia ya tiene hijos, nacidos allí, que le ayudan y nietos que saben que aunque el abuelo se entiende con los inspectores y clientes en el idioma local, con la familia solo habla español. Su nombre solo lo conoce la familia y el pasaporte, todos le llaman “Guajiro”. Los parroquianos son como una cofradía que acude por el buen sabor de la comida, la rapidez del servicio y… los recuerdos. No obstante, tiene buena clientela local que vuelve con relativa frecuencia.
A veces, cuando los comensales son pocos y el sol calienta, mientras sirve bebidas o prepara el menú canta…
Le pido a Dios con afán
que cuando otra nube vea,
de lechón asado sea,
de dulce de guayaba y pan.
Mucho arroz con azafrán,
empanadas y morcillas,
varios huevos en tortilla
que los veamos caer,
y por el arroyo correr
sopa de arroz amarilla.

Otras, cuando los parroquianos son los habituales, coloca en la reproductora una larga selección musical que siempre comienza con un chachachá que pide atención porque “quiero decirte algo/ que quizás no esperes/ doloroso tal vez…”
Conocedor de cuánto vale, en julio como en enero, una mano franca para quien llega a tierras desconocidas, tiene como norma apoyar a todo compatriota que llega, pero si el recién llegado es del terruño distante la ayuda crece. Todos los que allí comen lo saben… aunque hubo alguien que haciendo fe de que aquella región de donde llegó el “Guajiro” es tierra de «entretenidos», quiso engañarlo cuando un día llegó, hambriento, ante el mostrador deshaciéndose en glosas del paisaje perdido… tantas fueron las descripciones de postales turísticas que el “Guajiro” decidió someterlo al cuestionario que reserva para los “vivos”.
Sin introducción alguna, cuando los ojos del recién llegado se desmadraban tras un café con leche, le preguntó:
—¿Cuántos polines tiene el puente?
La humeante taza se alejó cuál locomotora a toda marcha y el recién llegado sólo atinó a buscar una línea secundaria por donde orientar los vagones vacíos de su estómago:
—¡Bah! Todo lo han cambiado y han hecho un puente nuevo muy largo.
Con su más inexpresiva sonrisa, mientras untaba mantequilla a un largo pan, el hijo de la vega hizo su segunda pregunta.
—¿Cuál es la calle de los cinco nombres?
Con la garganta reseca, sin encontrar la ruta, desde el cada vez más grande asiento de la banqueta, la respuesta llegó en otra evasiva.
—¡Ya nada es como antes! Le han cambiado el nombre a todas las calles ¡Ni los carteros pueden entregar a tiempo las cartas!
Helada como la copa en que servía unas bolas de chocolate cayó la tercera pregunta.
—¿Dónde el dinero anda por el aire?
Con ojos en desajustada danza tras alguna moneda voladora, la respuesta sonó ansiosa por atrapar aunque fuera un centavo.
—¡Si el salario no alcanza! ¡Claro que el dinero tiene que andar por las nubes!
Precisamente desde una nube, pero de olores a carne tropicalmente sazonada, cayó el rayo de la cuarta pregunta.
—¿Qué separa la India de la Francia?
Con las mermadas fuerzas de un hambre transcontinental la respuesta casi se perdió en su tránsito sobre el mostrador.
—¡La técnica ha avanzado mucho y con internet ya todos somos vecinos!
Demoledora, con la sustancia disuelta de un plato de ajiaco, le hicieron la quinta pregunta.
—¿Dónde se unen los generales a descansar?
La angustia de quien pierde la posibilidad de un almuerzo raso sostuvo la voz que dijo:
—¡Si yo ni pasé el Servicio Militar!
Luego de secarse las manos en un paño cercano el “Guajiro” tomó un plato y puso en él un pedazo de carne y unas ambuilas recién sacadas de la sartén, las colocó junto con un vaso de agua frente al desvanecido cuentero y, mirándole rectamente a los ojos, le dijo:
—Que yo venga de donde El Caballo Blanco de Maceo sea azul no quiere decir que no sepa reconocer a un “cuentista”; soy de un pueblo que prefiere provocar la risa de sus compatriotas antes que pasar por aprovechado o borrachín, pero que lleva con orgullo que consideren su provincia como “la hospitalaria”. Para comer aquí no hay que decir mentiras; coma, amigo, y si no encuentra algo mejor… lo espero a las once de la noche para recoger el salón y cuidar el negocio en la madrugada. ¡Ah! El café también es gratis.

RESPUESTAS
1. El puente alude al del ferrocarril que viene desde La Habana y es conocido como “el de los 150 polines”.
2. La calle de los cinco nombres es Martí, que lo tiene en su totalidad, pero que en su recorrido recibe sucesivamente los de Malecón, Real, Alameda y Luis Lazo.
3. La ferretería “Canosa” contaba con un servicio neumático que llevaba mediante aire comprimido, cápsulas metálicas con el dinero y los comprobantes entre los dependientes y un cajero central.
4. “La India” y “La Francia” son dos edificaciones comerciales de la calle Martí que están separadas por “el callejón de Rosario”.
5. Se refiere a la unión en el “Parque de la Independencia” de las calles Maceo y Máximo Gómez (ya unidas frente a la Audiencia) con Martí.

En Pinar del Río la bodega “El Caballo Blanco” ubicada en la calle Maceo, frente a la Catedral siempre había tenido sus paredes pintadas de azul, recientemente la pintaron de naranja con lo que hicieron que los pinareños también perdiéramos nuestro Unicornio Azul.

Nuestra Historia. Revista Vitral #125. Año XXIII, Enero- Marzo. 2017

2017-03-30

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