La cosa pública


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"Un montón de gente no es una república"
Aristóteles

La progresión geométrica de saberes que vive la Humanidad ha hecho que numerosas materias hayan ido saliendo de los currículums docentes, tal es el caso, entre nosotros, del Latín y tal es la razón de que muchos, más de los que sería disculpable, desconocen que el origen de muchas palabras, hoy muy usadas, se encuentra con suma precisión en esa lengua. ¿Un ejemplo? República.
República proviene de los vocablos latinos res (cosa) y publica, perteneciente al populus o pueblo, significando que el poder reside en el pueblo, que lo delega transitoriamente en sus representantes. Esta es una diferencia fundamental con los gobiernos monárquicos donde el soberano tiene carácter vitalicio, y muchas veces, hereditario.
Son características de la República la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos; los gobernantes son responsables por sus actos de gobierno ante el pueblo que los eligió; y la publicidad de dichos actos, que no deben ser secretos, sino puestos en conocimiento del público para poder ser controlados.
Otra característica del sistema de gobierno republicano es la división de poderes, constitucionalmente establecida, que son usualmente tres divididos en cuanto a su funciones específicas: un órgano administrador, representado en el Poder Ejecutivo, otro “hacedor de leyes” llamado Poder Legislativo, y otro que tiene la misión de aplicar esas leyes en los casos específicos sometidos a su apreciación, que es el Poder Judicial.
Esta compartimentación del poder no es arbitraria sino sabio proceder para evitar desmanes por uno u otro órgano, tal como se pudo apreciar cuando, con un criterio muy personal, un Presidente determinó suspender la entrada a su país de ciudadanos de otros siete, tal situación motivó que UN representante del Poder Judicial —sin temor a cesantía u otra represalia— determinara la improcedencia de la medida y vetara su aplicación aunque proviniera de la máxima representación del país más poderoso.
La concepción republicana ha estado insertada en el ideario cubano desde que entre nosotros se empezó a hablar de independencia, las lecciones del P. Varela en el Seminario de San Carlos, la tertulias de Domingo del Monte, las conspiraciones y las Guerras de la Manigua, establecieron como requisito que la res-pública era una condición indiscutible dentro del modelo social al que se aspiraba y que la condición PÚBLICA de la COSA superaba el mero conversar esquinero sobre los problemas nacionales.
Precisamente ese es el centro de otro término muy necesario en estos momentos: CIVISMO, (del latín civis, ciudadano y civitas, civitatis, ciudad) que se puede entender como la capacidad de saber vivir en sociedad respetando y teniendo consideración al resto de individuos que componen la misma, siguiendo unas normas de conducta y de educación. O sea, asumir la cosa como cuestión de todos y sobre la que todos tenemos la posibilidad y el deber de mejorar, aun cuando no seamos portadores de la mejor de las ideas.
Cuando la cosa se vuelve asunto de sugestiones e inseguridades o cuando la soslayamos para no manifestar discrepancias, lo público deja se ser cívico y se torna colchón privado; cuando hacemos gala de «agudeza mental» y tornamos la cosa objeto de doble sentido la convertimos en desecho de consumo; cuando proclamamos que no queremos hablar de la cosa regalamos nuestra condición nacional a quien quiera sumar un partidario a otra causa. En fin cuando la cosa se cosifica, dejamos de ser personas y nos volvemos trastos andantes.
Ante situaciones como las anteriores siempre será oportuno recordar que no hay nada más parcial que la «imparcialidad»; a través de la Historia tal actitud no ha hecho otra cosa que sumar «prudentes» al bando de los impositivos que se han valido del distanciamiento de los «neutrales» para alejarlos de los que se honran en ser minorías porque se respetan en sus dudas y oposiciones. Escudarse tras “la necesidad de enfrentar problemas mayores” solo garantiza no resolver ningún problema, pues el pequeño problema de hoy, mañana será grande y enorme dentro de muy poco.
Si bien es cierto que la enseñanza de lo que ha dado en llamarse Educación Cívica es muy necesaria y que se perdió tiempo en reinsertarla en los programas docentes, no es menos cierto que las primeras lecciones se reciben de quienes —tanto en la casa, como en el barrio, el equipo deportivo y el aula— asumen el compromiso de ser ciudadanos, es decir, habitantes de un espacio civil, que se ocuparon en valorar lo que allí se hacía para sumar su criterio en aras de un buen resultado o, cuando no comprendían algo, preguntar hasta formarse un criterio.
Los profundos y continuados estudios sobre la evolución del hombre han demostrado que la poética frase que Goethe plasmara en Fausto: “el hombre tiene un fin excepto en sus anhelos” es la que nos ha hecho avanzar como especie y como sociedad; si nuestros ancestros hubieran quedado satisfechos con el sabor de un pedazo de carne puesto al fuego y el agua que cabía en el hueco de las manos no hubieran tratado de mejorarlo agregando hierbas ni hubieran moldeado vasijas con el barro; si los primeros cristianos hubieran considerado suficiente honrar a Dios en las catacumbas romanas, no hubieran emprendido el camino del sacrificio para hacerlo a la luz pública, ni —entre otros logros— se hubiera construido la Capilla Sixtina. Si Lenin no hubiera comprendido que las medidas aplicadas en los primeros años del poder soviético eran ineficaces no hubiera orientado la N.E.P (Nueva Política Económica) que salvó, más que a su ideal político, al pueblo ruso de una muerte por hambre.
Un grupo humano por capacitado que sea y por muy «adiestrado» que esté en los avatares de la política mundial no puede abrogarse el derecho de creerse la Res-pública; fuera de ese circuito habitan seres quizás no tan geniales pero sí con vivencias y ansiedades que han de ser atendidas pues de no serlo dejarán de sentirse parte del «proyecto» y marcharán en busca de otras playas quizás más acogedoras, tal vez más tormentosas pero sí fruto de sus ideas.
Se aproximan momentos decisivos, no una sino varias generaciones formadas con un enfoque excluyente de la Historia están a punto de ser la mayoría en la plaza pública, hasta hace poco una parte significativa había buscado otra cosa, pero las otras playas se han cerrado y tendrán que asumir la tarea de construir “con TODOS y para el BIEN de TODOS”, ese será el momento en que habrá de conjugarse el concurso de cuanto cubano amante de su res-publica acuda al llamado y no se puede esperar a esa hora para saber si en la búsqueda de su sueño llegó con los pies secos o mojados. Este es el momento de hacer verdaderamente pública, cívica, la cosa.

Editorial Revista Vitral #125. Año XXIII, Enero- Marzo. 2017

2017-03-16

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