Una lección no aprendida

José Antonio Martínez Coronel

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Hay lugares que echan raíces en el alma: Los Órganos, Guanahacabibes, el sur de Guantánamo, Baracoa, Pinares de Mayarí. Todo lo bueno que les ocurra, me alegra; cualquier cosa que los hiera, me hiere, como si fueran parte de mi cuerpo. Por eso, cuando ayer hablé por teléfono y supe que desde el portal de Juan Gallardo (hijo) podían verse los edificios en torno al Policlínico, me dolió la magnitud de la palabra desastre que, poco antes, otro amigo, el escritor Alfredo Galiano, me refiriera, y me confirmara la familia de Pituca, Omar Celorio, y también más tarde personas que conozco en San Cristóbal, San Diego de los Baños.
Porque nunca nos acostumbramos a lo malo. Y cuando esto sobrepasa la imaginación humana, la memoria familiar, lo que los viejos cuentan, entonces sólo queda el silencio por asombro y compasión, consciente de que, lo que hoy y durante muchos días otros vivirán, pude vivirlo yo de haber cruzado por Güines el huracán Gustav la noche del sábado 30 de agosto de 2008.
Pero pasó por Pinar del Río, y al entrar por Los Palacios y salir por Sanguily —antiguo central Niágara—, recorrió de sur a norte un eje inclinado al oeste que permitió abrir una trocha en el corazón de Guaniguanico. Pude ver anoche las imágenes por televisión de lo sucedido en Consolación del Sur, lo reportado por la estación meteorológica de Paso Real de San Diego, las torres de alta tensión estrujadas cual papel en la autopista, los rostros que grabé para no olvidarlos, y me pregunto cómo, en pleno ciclo grande de Alta Temporada Ciclónica de mil quinientos años que apenas ha comenzado, tantas personas que deciden en la economía mundial no aprenden.
El Protocolo de Kyoto y cuantos documentos contribuyan a disminuir las consecuencias negativas de la Revolución Industrial sobre la Naturaleza son hitos en el sendero del regreso a nosotros mismos como Humanidad de un planeta herido. Todo se vincula, y cuando no se respetan los vasos comunicantes ecológicos la lección siempre será más y más cruenta, sobre todo para los que contamos con menos recursos económicos, tecnológicos, en el concierto de las naciones.
Los huracanes serán más frecuentes, más poderosos, cuanto más aumente el calentamiento global. Habría que preguntarse cómo mantener el confort —quienes lo tienen— sin violar descaradamente el equilibrio que significa el gran ecosistema planetario, universal, en que vivimos. No se trata de volver a las cavernas; se trata de ser más humanos, más sensatos ante la riqueza que le expropiamos a la Naturaleza so pretexto de que, como seres humanos, tenemos el derecho y el deber de dominarla para nuestro magro beneficio generacional de dos o tres comodidades que, en el mayor de los casos, pueden mantenerse acudiendo a energías alternativas, modelos de autos y tantas cosas que están ahí, sólo que su aplicación y uso colectivo dependen de un giro en el esquema cultural, monetario, de beneficio personal, de unos pocos que deciden la vida de muchos a nivel internacional.
Todo es justificable, según el ángulo con que se mire; lo no justificable es la piedad jánica, el decir hoy todo lo opuesto de lo que conscientemente no será hecho porque afecta intereses demasiado materiales en el lapso de una vida humana y herencias familiares que no serán disfrutadas por millones sobre la corteza terrestre que, con el precio equivalente de una habitación turística en islas inventadas, pudieran vivir varios años.
Es fácil compadecer a los demás, sobre todo si esos demás están lejos y viven en países por donde no empezó la Revolución Industrial y donde las medidas pro-ecológicas son más difíciles, más caras, que en el eje económico, cultural, que era la periferia de los grandes imperios anteriores a 1500; lo difícil es este amanecer del lunes 1ro de septiembre de 2008 y pensar en tantas personas que conozco en Viñales y otros lugares afectados por el huracán Gustav, y me repito que pude ser yo. Las casas sin techo, o derrumbadas, en el Callejón del Bostezo, los árboles del Jardín de Caridad, la iglesia, las ventanas de la Casa de la Cultura, la puerta del Museo, las casas 25 y 45 de Salvador Cisneros, almacenes, escuelas, viviendas de El Cuajaní, La Guasasa, Laguna de Piedras, El Filtro, El Yayal, La Majagua, entronques de Ancón y La Palma, Los Cayos de San Felipe, el agua que avanzó por Puerto Esperanza, el sonido del viento que nunca será olvidado por quienes creyeron ver volar sus persianas, sus puertas atrancadas, quienes vieron salir volando el techo…; todo eso que me refirieron por teléfono y acabo de ver por el Noticiero, veré quizás si algunos de los fotógrafos que conozco atinó a grabar para todos las imágenes de un Viñales que en otro momento fue Guane, Mantua, Guanahacabibes, Candelaria, nombres por donde los ciclones surcan la tierra y la memoria de los hombres.
Nos recuperaremos, y la solidaridad nacional ya funciona. Funcionó incluso durante el huracán. Veremos nuevamente el vuelo de Pegaso sobre los techos de Viñales, Isabela contemplar el valle desde los restaurados hoteles, la palma corcho y el ruiseñor junto a las bijiritas de los encinares, la abuela de los pájaros en el parque del pueblo, la luna llena sobre los mogotes y ese perfume a pinos después de un aguacero, pero me pregunto ¿a quién le importa, en ese círculo estrecho de decidores de los destinos de la Humanidad, esos para quienes el vuelo de un colibrí y una cartacuba son infinitamente menores que el precio de un portaviones? ¿Servirá esto para aprender a ser humildes, amar a los demás —países— como a nosotros mismos, no por el miserable consuelo de que nosotros pudimos ser ellos sino porque es un deber ecológico internacional hacer todo lo posible por revertir el crimen de lesa naturaleza que unos pocos, con poder, cometen cada día, conscientes de que es un suicidio planetario lo que hacen pender como Damocles de nuevo tipo?

Septiembre 1, 2008
Güines

Reflexiones. Revista Vitral no. 87. Septiembre - Octubre de 2008.

2008-11-05

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