Lee e interpreta la Palabra

por:P. Pedrojosé Ynaraja

JUICIO, MISERICORDIA Y VALENTÍA

1. Que dice el texto:
Jn. 3, 14- 21

Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, y entonces todo el que crea en él tendrá por él vida eterna.
¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él. Para quien cree en él no hay juicio. En cambio, el que no cree ya se ha condenado, por el hecho de no creer en el Nombre del Hijo único de Dios.
Esto requiere un juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Pues el que obra el mal odia la luz y no va a la luz, no sea que sus obras malas sean descubiertas y condenadas. Pero el que hace la verdad va a la luz, para que se vea que sus obras han sido hechas en Dios.

2. Qué me dice el texto:
1.- La primera lectura que se nos ofrece en la misa de hoy, mis queridos jóvenes lectores, es un claro ejemplo del juicio de Dios de la historia y en la historia. Somos conscientes de que al final de la vida de cada uno, se nos preguntará qué hemos hecho de nuestra vida, de los dones recibidos y del provecho que hayamos sacado de ellos. Provecho para los demás y para nuestra misma perfección. El don nunca debe despreciarse, ni ignorarse. Ahora bien, los hombres no somos islas. Formamos colectividades que llamamos, ciudad o país. Tal vez debamos ser conscientes hoy de que formamos un mundo solidariamente comprometido.

2.- Al final de los tiempos no habrá lugar para un juicio colectivo. En la eternidad no existen unidades simultaneas, ni componentes hereditarios. Siendo verdad que ciertos fenómenos no son puramente las sumas de comportamientos personales, sino propios de bloques más o menos estables y siempre pasajeros, el juicio deberá también serlo. Dios contempla la historia humana, la de sus colectivos coordinados, dicta una sentencia y la ejecuta.

3.- Esto que acabo de deciros es peligroso. El juicio de Dios, como cualquiera de sus realidades, es siempre misterio y nosotros nos sentimos siempre inclinados a darle razones, a contar motivaciones, a culpar a los demás. Podemos, desde la perspectiva del tiempo pasado, comprenderlo a veces. Y aprender. La docilidad, por buena virtud que sea, siempre implica riesgo.

4.- El pueblo de Dios, Israel, olvido la predilección que con él se tenía. Ignoró su honor. Se fijó en el proceder nuevo de los pueblos nuevos de su entorno. No fue fiel a las normas que le había dictado el Señor. Colectivamente recibió una dura pena en su mismo territorio. Finalmente fue enviado al destierro. Pero allí no quedó abandonado. Tuvo la asistencia de los profetas. Y un día, prodigiosamente, se manifestó la misericordia de Dios. El portento consistió en que la salvación no le llegó por un rey de los suyos, ni por sacerdotes de la tribu de Leví. El edicto de salvación le llegó de un pagano. La vuelta a su tierra y la reedificación de su Templo, la dictó Ciro, un persa.

5.- Más que detenerme en el contenido ideológico del fragmento evangélico de la misa de hoy, prefiero comentaros la actitud de los protagonistas. Compruebo que con frecuencia, cuando se os habla o invita a una actividad, la primera pregunta es ¿Quién irá? ¿Cuántos van a ir? Si no concurrirá una multitud, no apetece asistir. Por mi parte siento gran aprecio por las convocatorias. He asistido a JMJ, he ido a Lourdes, Compostela, Roma y Jerusalén etc. etc. Os confío que yo mismo he organizado reuniones de menor calado, pero de amplia asistencia también. Casi siempre, en uno y otro caso, acompañado y uniéndome en estos lugares a los demás que como yo habían ido, aunque no los conozca. No me gustan las misitas ocultas, las reuniones con los nuestros exclusivamente, las comidas en un rincón reducidas a compartirlas con quienes considero son de los míos.

6.- Pues si el Maestro, ya desde el principio, suscitó el interés de algunos particulares, acordaos de la jornada pasada en su casa de Andrés y Juan, de los íntimos comentarios entre el Señor y Bartolomé. Hoy observamos que un prestigioso intelectual y humanista, como le llamaríamos hoy a Nicodemo, acude él solo al encuentro con Jesús. Se interesa de su doctrina y persona y es tan apreciado por Él, que hasta le contesta con ironía en un cierto momento, cosa inusual. Le dice: Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas? (Jn 3, 10).

7.- El impacto que le causó un encuentro personal y solitario con el Señor, no lo olvidará. Más tarde, en momentos comprometedores y arriesgados, colaborará comprando perfumes para embalsamar su cuerpo y se ocupara de su sepultura. Nos dice el mismo Juan (19, 39) “Fue también Nicodemo - aquel que anteriormente había ido a verle de noche - con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús”.

3. A qué me compromete el texto
8.- Tal vez habéis imaginado, mis queridos jóvenes lectores, que me he salido por la tangente, olvidando el texto litúrgico. Lo he hecho adrede. La celebración de la Pasión y Pascua, está muy cerca, quisiera que cada uno de vosotros, individual y responsablemente, la preparaseis, sin olvidaros que: “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Comprobaréis que el juicio histórico a Israel no excluyó la misericordia, tema de la primera lectura. Su actitud hacia nosotros también lo es.