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Lo bueno y lo malo de cada cosa


Por: Tania Gómez Rodríguez

Todo creyente sabe que: “Perfecto, sólo Dios”. Así lo hemos aprendido en el hogar y en la catequesis, y así lo hemos experimentado en el transcurso de los años porque vivimos circunstancias y conocemos personas que por muy buenas que sean, también tienen su lado de sombra.

Podríamos afirmar que “gracias a Dios, no somos perfectos” pues así reconocemos la necesidad que tenemos todos de que Dios actúe en nuestra vida y transforma y acoge las imperfecciones que tenemos, esto nos permite darnos cuenta de que no debemos juzgar a los otros porque también nosotros cometemos errores, muchas veces superiores a las ofensas que recibimos.

Por eso es muy importante que cuando vamos a promover un producto, opinar de un tema, hablar de una persona, tengamos siempre presente lo bueno y lo malo que lo conforman. Como en los prospectos de los medicamentos, en la vida también debemos saber las “reacciones adversas”.

Hablemos con la verdad plena, no a medias tintas; aunque sea el sistema que se defiende, la religión que se profesa, el trabajo que se realiza o el producto que se vende. Como personas tenemos el derecho de saber lo positivo y lo negativo que eso pueda tener porque así podemos discernir, colocar en una balanza los logros y los inconvenientes para elegir adecuadamente.

Ha comenzado un nuevo año y como personas nos preparamos para iniciar también nuevos proyectos. No confundamos a los demás haciendo propagandas como si todo fuera perfecto porque la vida nos enseña que las cosas no lo son y nos pasa la cuenta cuando, entre otras cosas, las personas dejan de creer en nuestras palabras porque la experiencia les ha demostrado que ocurre lo contrario, o que lo que mostramos como maravilloso tiene grandes sombras que lo opacan y las han tratado de ocultar.

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Intención de Oración del papa Francisco

Por la evangelización: Minorías religiosas en Asia
Para que, en los países asiáticos, los cristianos, como también las otras minorías religiosas, puedan vivir su fe con toda libertad.

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Celebremos el Tiempo Ordinario

Ordinario no significa de poca importancia, anodino, insulso, incoloro. Sencillamente, con este nombre se le quiere distinguir de los “tiempos fuertes”, que son el ciclo de Pascua y el de Navidad con su preparación y su prolongación.

Es el tiempo más antiguo de la organización del año cristiano. Y además, ocupa la mayor parte del año: 33 ó 34 semanas, de las 52 que hay.

El Tiempo Ordinario tiene su gracia particular que hay que pedir a Dios y buscarla con toda la ilusión de nuestra vida: así como en este Tiempo Ordinario vemos a un Cristo ya maduro, responsable ante la misión que le encomendó su Padre, le vemos crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios su Padre y de los hombres, le vemos ir y venir, desvivirse por cumplir la Voluntad de su Padre, brindarse a los hombres…así también nosotros en el Tiempo Ordinario debemos buscar crecer y madurar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, y sobre todo, cumplir con gozo la Voluntad Santísima de Dios. Esta es la gracia que debemos buscar e implorar de Dios durante estas 33 semanas del Tiempo Ordinario.

Crecer. Crecer. Crecer. El que no crece, se estanca, se enferma y muere. Debemos crecer en nuestras tareas ordinarias: matrimonio, en la vida espiritual, en la vida profesional, en el trabajo, en el estudio, en las relaciones humanas. Debemos crecer también en medio de nuestros sufrimientos, éxitos, fracasos. ¡Cuántas virtudes podemos ejercitar en todo esto! El Tiempo Ordinario se convierte así en un gimnasio auténtico para encontrar a Dios en los acontecimientos diarios, ejercitarnos en virtudes, crecer en santidad…y todo se convierte en tiempo de salvación, en tiempo de gracia de Dios. ¡Todo es gracia para quien está atento y tiene fe y amor!

El espíritu del Tiempo Ordinario queda bien descrito en el prefacio VI dominical de la misa: “En ti vivimos, nos movemos y existimos; y todavía peregrinos en este mundo, no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en prenda la vida futura, pues esperamos gozar de la Pascua eterna, porque tenemos las primicias del Espíritu por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos”.

Este Tiempo Ordinario se divide como en dos “tandas”. Una primera, desde después de la Epifanía y el bautismo del Señor hasta el comienzo de la Cuaresma. Y la segunda, desde después de Pentecostés hasta el Adviento.

Les invito a aprovechar este Tiempo Ordinario con gran fervor, con esperanza, creciendo en las virtudes teologales. Es tiempo de gracia y salvación. Encontraremos a Dios en cada rincón de nuestro día. Basta tener ojos de fe para descubrirlo, no vivir miopes y encerrados en nuestro egoísmo y problemas. Dios va a pasar por nuestro camino. Y durante este tiempo miremos a ese Cristo apóstol, que desde temprano ora a su Padre, y después durante el día se desvive llevando la salvación a todos, terminando el día rendido a los pies de su Padre, que le consuela y le llena de su infinito amor, de ese amor que al día siguiente nos comunicará a raudales. Si no nos entusiasmamos con el Cristo apóstol, lleno de fuerza, de amor y vigor…¿con quién nos entusiasmaremos?

Cristo, déjanos acompañarte durante este Tiempo Ordinario, para que aprendamos de ti a cómo comportarnos con tu Padre, con los demás, con los acontecimientos prósperos o adversos de la vida. Vamos contigo, ¿a quién temeremos? Queremos ser santos para santificar y elevar a nuestro mundo.

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